Diario de un desesperado. Nuestro Ángel de la narrativa cubana

Por Daniel Morales

El escritor Ángel Santiesteban-Prats ha sido condenado a cinco años de cárcel por la pandilla de asesinos que, hace más de 50 años, subyuga a todos los seres vivos que habitan la bella y siempre Fiel Isla de Cuba.

Esa condena era tan esperada por el propio Ángel, como por todos los que, con él, hemos sufrido el proceso que los represores oficiales del régimen de los hermanos castros han sometido al afamado escritor durante los último dos años.

Y es que no se podía esperar menos de unos delincuentes que, con el argumento de que un mulato sargento llamado Batista nos había inculcado (esa era una de las precarias palabras usadas en aquella época por todos los bandos en conflictos mientras aportaban abundantes víctimas inocentes al denso discurso político de nuestra próspera república) las libertades establecidas por una utópica constitución, aprobada desde la década de los años 40 del pasado siglo, e irrumpieron, con sus eficaces metralletas americanas, sus apestosas boinas gallegas, sus barbas piojosas, sus grasientos pelos largos, y sus manos manchadas con la sangre de miles de paisanos, en la vida de todos los cubanos vivos y por nacer.

A Ángel y a mí nos cogió esa rueda sangrienta, varios años después, cuando todos esos señores feudales, provenientes de una estirpe española de la región de Galicia: inmunda, llena de gente bruta, cochina, fea, obesa, de mala leche, racista, envidiosa, aburrida, miserable, rencorosa, abusadora, traicionera, cobarde (la parte de España que, con los vascos, se disputa el trono ibérico de los hideputas. Pido disculpas a todos los gallegos y vascos que intentan aparentar, infructuosamente, ser unos malvados, tal y como sus culturales destinos los han marcado irremediablemente) nos atraparon en una dinastía cuya crueldad aún es ignorada por todas las instituciones mundiales, encargadas de velar por la vida y la dignidad de los seres humanos que habitamos este, nuestro único planeta.

Nosotros somos, como bien Ángel nos bautizó, Los Hijos que Nadie Quiso, es decir, las víctimas, los siervos de la gleba, los esclavos, las proles destinadas a satisfacer las demandas de los hijos de un cochino oficial gallego de apellido Castro, que vino a la Isla de Cuba con el satánico Valeriano Weyler, y que, imbuido del precoz espíritu fascista del mal nacido mallorquí, inició a sus ilegítimos hijos en la tarea de convertir, como a su finca de Biran, a nuestra mulata Isla, en un campo de concentración peor que los perpetrados por los nazis alemanes.

Agonía, muerte, tristeza, hambre, persecución, acoso, tortura, sufrimiento, sobre todo eso: mucho sufrimiento, intentaba explicarle, el otro día, a mi hijo americano, en mi precario inglés o en mi profuso español, cuando me preguntó, en medio de su felicidad juvenil por haber ganado sus partidos de tenis, qué recordaba yo de mi juventud a la edad de sus maravillosos 14 años. Yo no me atreví a recomendarle la lectura de mi ineficaz novela La Casa del Sol Naciente, pues Andy era tan feliz, era tan bello en su dicha, que me pareció de mal gusto echarle a perder su perfecta adolescencia con los horrores de mis 30 años de agonía padecida en la Isla del Diablo.

Las caprichosas masacres de los modernos déspotas isleños que aún padecen todos los herejes que se atreven a desafiar, intelectualmente, el oprobioso sistema de propaganda que sustenta al régimen imperante en la Isla de Cuba, será un estigma que penderá sobre todos los “intelectuales” inertes y/o comprometidos con esa mierda, y que se han mantenido, durante sus humillantes existencias, temblorosos y apendejados, ostentando una categoría que no les pertenece.

Creo que fue Miguel Correa el que me mostró, al inicio de mi fecundo exilio, una diáfana noche en su apartamento de New Jersey, a orillas del Hudson, bajo los influjos de un buen vino y una excelente marihuana, una copia de un ensayo de su gran amigo y cúmbila Reinaldo Arenas que hablaba de las trasgresiones. En el ensayo Arenas esbozaba la tesis de que todo artista es un transgresor, una especie de disidente, un hereje, que las grandes obras se caracterizan por su rompimiento crítico con el medio que la propicia o que, incluso, la nutre.

La extraordinaria obra narrativa de mi hermano Ángel hace precisamente eso, no hay un solo texto de él que yo no haya leído con una intensa exaltación de todos mis sentimientos. Sus cuentos portan una intensidad única en la narrativa cubana, comparable, sólo, con los cuentos de Lino Novas Calvo, pero, sobre todo, con la narrativa corta norteamericana, la que, a pesar de tantos pesares, ha sido la que más nos ha influido.

Y es que a los escritores americanos les interesa mucho la realidad o, mejor dicho, la violencia, a veces muy cruel, con que la realidad golpea a los seres humanos.

Desde Poe o quizás desde Melville, pasando por Twain, y todos esos genios de la llamada generación perdida: Fitzgerald, Dos Passos, Hemingway, Faulkner y Steinbeck, hasta los autores del realismo sucio quienes, con su estilo minimalista, escogen, meticulosamente, aquellas “reales” fotos que les permiten crear una incesante cadena de impactos emocionales, que llega, en muchos casos, a abrumar tanto, que el lector termina odiando al escritor.

Autores como Charles Bukowski, Raymond Carver o el impresionante Chuck Palahniuk, son algunos de los narradores que, como Ángel, incluso como el nunca publicado en la Isla del Diablo: Pedro Juan Gutiérrez, y, también, nuestro hermano generacional, Amir Valle, establecen una contienda agónica con sus lectores, un forcejeo sentimental, donde pululan sublimes traidores, indefensos pedófilos, apetecibles homosexuales, plañideros guapos, putas románticas, el policía bueno, el alcohólico feliz o el narcómano zombie.

Son todos ellos los escritores que se han atrevido a enseñarnos la monstruosa cantidad de mierda que somos capaces de producir los seres humanos, en nuestro patético trascurso hacia la muerte, en nuestra estúpida lucha por sobrevivir en este infierno que nos ha tocado padecer.

Pero, a diferencia de todos esos famosos autores que he mencionado, las narraciones de Ángel tienen algo especial que, a pesar de enseñarnos la parte apestosa de nuestras vidas, a pesar de que sus personajes comparten este infierno común, ellos no se resignan a esta existencia abyecta que tienen que aguantar, y por eso se revelan; no al estilo de los héroes románticos del siglo 19, que buscaban una trascendencia gloriosa, o una condición simbólica, eminente, no, nada de películas de Hollywood con pistoleros justicieros, o de cine japonés con Samuráis cuyos códigos pretenden una exaltación inverosímil del hombre.

Los héroes de Ángel Santiesteban-Prats nos enamoran con sus sublimes destellos individuales, pequeños, ajustados a una situación narrativa precisa; esos cotidianos destellos que tú y yo somos capaces de producir ante las injusticia que encontramos todos los días, por ejemplo, en nuestro centro de trabajo, en nuestra celda de preso de conciencia, en nuestros hogares, o en el barrio que habitamos.

Ángel no quiere ser el malo, se resigna a esa satánica condición generacional. Por eso siempre le da un chance a todos sus personajes; no es que los justifique, sino que los eleva a una categoría esencial, humana; no concibe que nadie, como él, sea tan perverso como para no merecer el amor o la muerte digna, aún cuando esa muerte se produzca por una causa en la que el personaje no cree, no entiende y que, en todo caso, le es ajena, indiferente, digamos, obligatoria.

Uno escribe como puede, y, si es sincero, como es. Leer los cuentos de mi hermano Ángel me da tanta nostalgia que, para los que lo conocemos personalmente, nos parece como si su imagen emergiera del texto para propinarnos un abrazo, para irradiarnos, como ningún otro escritor de nuestra perdida generación, ese sentimiento de pertenencia a un paradiso tan extraño, tan difícil de encontrar en un mundo cargado con tanta falsa egolatría, con tanta mala envidia, como el mundo del arte y la literatura cubana de la revolución.

Para los narradores de mi maléfica generación, nuestro Ángel era Santiesteban: ese tipo grande, alegre, que creo recordar con más de 6 pies de estatura, fuerte, de rostro mofletudo, como dice Amir, extremadamente humilde, que se nos aparecía veloz en su moto alemana, con una timidez insoportable, a enseñarnos unos descomunales cuentos perfectos. No podíamos envidiarlo; su grandeza era tan sublime, tan esencial para la literatura cubana, que había que “embarajar” la cosa, pasarse con ficha, limitarnos a estrujar todos las cuartillas que, con tanto esmero, habíamos elucubrado, inútilmente, en pos de nuestra literatura.

Pero él nos quería tanto, les hacíamos tanta falta para vivir que un día, no hace mucho, me dijo que sin nuestra presencia ahí, sin todos sus hermanos muertos, asesinados o emigrados de en la Isla del Diablo, sin nuestra fraternal competencia en los concursos literarios, sin todas aquellas intensas tertulias nacionales, le resultaba muy difícil seguir escribiendo los mismos textos, seguir la huella, tal vez sin saberlo, de los maestros griegos que fundaron nuestra occidental y superior cultura.

Ángel Santiesteban ha escogido una de las vías que, desgraciadamente, los cubanos venimos padeciendo desde nuestra incierta fundación nacional; me refiero a la categoría de mártir. Quizás sea porque la desproporcionada belleza de nuestra Isla incite a la perfección, a la sublime condición humana, y que la fea “realidad”, producida por nuestros paisanos sea tan contrastante con esa naturaleza, que provoque los tan extremados conflictos que sufre nuestra conciencia nacional.

No voy a pedir solidaridad continental o latinoamericana por la libertad de Ángel, pues los cubanos estamos acostumbrado, en estos más de 50 años, a la soledad, al desamparado clamor en el desierto, al desprecio de todos nuestros hermanos de raza; somos, como bien nos bautizaron: los “judíos del caribe”. Pende sobre nuestras cabezas, una maldición inexplicable, irracional, incomprensible que, a pesar de todo, nos hace invencibles, como al escarnecido pueblo de Israel, que enfrenta una multitud de almas satánicas que apelan, con su islamismo, al exterminio de su dignidad humana.

Pero aquí tienen los que ostentan la vergonzante categoría de miembros de la UNEAC, gracias al sistema represivo que nos esclaviza, una excelente oportunidad para de redimir su culpabilidad de ser cómplices activos o pasivos de un régimen que ha superado con su maldad todo el horror de nuestra historia nacional, de pasar a la posteridad con un acto de valentía, de honestidad intelectual, firmando o manifestando su repudio al régimen medieval imperante en la Isla de Cuba, y que intenta silenciar, con cinco años de cárcel, a uno de los más sublimes escritores de nuestra literatura. Imaginen, que en sus manos está, gracias a la modernidad de la Internet, la irrepetible opción de oponerse a un acto como el de asesinato del poeta Plácido o la liberación del narrador Carlos Montenegro.

Ustedes, escribanos cubanos, los hasta ahora mecanógrafos oficiales de los castros, he aquí una irrepetible opción personal, redentora. Ya que sus mediocres obras no van a superar las descomunales trascendencias de las obras de Heredia, de Martí, de Varela, de Villaverde, de Lezama, de Eliseo di Ego, de Lino, de Labrador Ruiz, de Cabrera Infante, de Lidia, de la loca de Virgilio Piñera, de Rafael Almanza, de Reinaldo Arenas, de Carlos Vitoria, de Benítez Rojo, o de Amir Valle, les conmino a que firmen una declaración de repudio por la falsa condena emitida contra el escritor cubano Ángel Santiesteban- Prats, cuyo acto les garantizaría, como el caso Dreyfus a Zola y sus seguidores, esa tan deseada trascendencia que ustedes persiguen, temblorosamente, y agazapados, desde un rincón de la tragedia cubana.

He aquí el “link” a la posteridad intelectual cubana:

https://www.change.org/es/peticiones/free-angel-santiesteban-imprisoned-for-been-a-writer-and-human-rights-activist-in-cuba-2?utm_campaign=share_button_action_box&utm_medium=facebook&utm_source=share_petition&utm_term=36550326

A ver si tienen cojones de firmar este documento,
los insta, su amigo, o enemigo:
Daniel Morales.

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