Curso para perder el miedo

La generación de Los hijos que nadie quiso siempre ha estado asociada a la muerte. Desde que te asomas por primera vez a una escuela primaria te anuncian una posible agresión del imperialismo yanqui, mostrándote fotos e imágenes de archivo de ataques aéreos, infiltraciones, desembarcos, explosiones y espionaje. Asistes a clases de preparación militar, te enseñan a marchar, a subsistir ante situaciones difíciles. Te hacen practicar las evacuaciones y, cuando suenan las sirenas, corres como si las bombas o el ataque químico fueran un hecho real, entras a los refugios que cavaron por la ciudad y la humedad de esos huecos te provoca falta de aire. Te adaptas a pensar que en cualquier momento te caerá una bomba en la cabeza o un balcón de los edificios antiguos de la ciudad y, como es tan difícil vivir en estado de alerta y permanecer preocupados por algo que nunca parece llegar, te acostumbras y ni siquiera piensas en el peligro. Aprendes a convivir con él cotidianamente y, al final, lo ignoras, aunque el riesgo no siempre te ignore a ti.

Para un cubano, la visita de la muerte llega por primera vez a los diecisiete años, con el Servicio Militar. Hace años podías elegir una misión internacionalista y así disminuías el tiempo de permanencia en el Ejército, y tu familia se enorgullecía de tener un pariente en alguna guerra lejana defendiendo el ideal que la Revolución había trazado, de ahí, luego recibirían algunos beneficios y consideraciones. Después, regresabas de burlar la muerte en tus batallas en África, encontraste una generación absorta en la nada, una cotidianidad repetida en mil pedazos. Un futuro indefinido. Y como una obsesión, se encontraba la muerte sentada en la puerta de los hogares. Al sobrevivir varios meses en esa letanía, llegaste a la conclusión de que no quedaba otra alternativa que emigrar. A todo esto le sumas que marcharse puede significar salvar el pellejo. Que la posible guerra –civil o contra los yanquis, gane quien gane–, no te sorprenda dentro de esta Isla en la que no tienes para dónde correr a protegerte.

Entonces, cómo no llegar a la determinación, de que el único camino posible es el mar.

Ángel Santiesteban-Prats

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