El Ángel regado

Mi familia era tan pobre que los días de reyes tendía a ser el más triste del año. Permanecíamos ansiosos desde la noche anterior al ver en el rostro de mi madre la preocupación de no saber de dónde sacaría el dinero para satisfacer nuestras expectativas con los juguetes. Ella trataba de desalentarnos diciéndonos que unos plásticos no eran tan importantes si se comparaba que con ese mismo dinero podría comprarnos zapatos y comida; entonces agachábamos las cabezas rezando de que aquellas palabras no fueran verdaderas porque, realmente, sentíamos que si no nos daban nuestros juguetes podíamos morir.

Aquella mañana mi hermana mayor, viendo nuestros ánimos, salía a la calle y regresaba con el dinero; entonces era nuestra diosa, la preferida, bailábamos a su alrededor una danza incierta y mágica.

Y entre esos recuerdos de penuria, no olvido varios libros y revistas que deambulaban por la casa. Ahora me pregunto quién pudo haberlos llevado hasta allí: tres tomos de “Los Tres Mosqueteros”, “El Conde de Montecristo”, “Los bandidos del río frío” “La Edad de Oro”, y, al menos una revista de Casa de las Américas y un periódico del Caimán Barbudo. Quién pudo haberlos llevado si nadie de mi familia le interesaban las letras ni el mundo intelectual. Mi madre era ama de casa y mi padre bodeguero, a mis hermanos no recuerdo haberlos visto con alguna inclinación literaria; entonces quién los llevó hasta allí.

Pienso que quizás existió en mi casa un ángel que los ponía a mi paso.

Ángel Santiesteban-Prats

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