Emigración desde la colonia

En la isla se quedaron los amigos, los que prefirieron seguir esperando el cambio, las mejoras económicas. Por ahora no, dijeron, esto se arregla o se jode, vayan ustedes delante y abran camino. Realmente no se deciden por el miedo a lo desconocido, a lo ajeno, los mismos miedos que traemos nosotros; porque después de este paso ya no hay marcha atrás, no se aceptan justificaciones, el cartel de traidores será eterno, si eterna es la Revolución. ¿Por qué abandonar la Isla tiene que ser una traición? ¿Quién llamó traidores a los chinos que vinieron a Cuba, a los gallegos, los japoneses, judíos, a los italianos que se fueron a los Estados Unidos? Nos podemos ir de nuestro país por tantas razones que no son las políticas, aunque al final siempre esté latente la culpa de los políticos, y jamás podrán expiarla.

Martí pronunciaba discursos a los tabaqueros cubanos en Tampa, Cayo Hueso y tantos lugares donde podía recoger donaciones para la causa, nunca miró a los emigrantes con menosprecio, al contrario, les llamaba patriotas y fundaron el Club San Carlos en honor a Céspedes. El gobierno español veía la emigración como enemiga de su dominio en la Isla, de la misma forma en que el gobierno actual nos desprecia. Félix Varela emigró a Estados Unidos y se mantuvo en el exilio hasta su muerte; tantos otros que también pasaron por allí: Heredia, Maceo, Máximo Gómez, Serafín Sánchez, Flor Crombet, Loynaz del Castillo, Manuel Sanguily y Julio, su hermano traidor, la familia de Ignacio Agramonte, quien aguardaba desesperado las cartas de su Amalia: “Adorada Amalia mía: (…) ¡Cómo se hacen aguardar tus cartas! (…) ¡Cómo pienso entonces en que quizá sufren tú y nuestro chiquitín con el frío de New York! (…) ¡Cuánto nos ha hecho sufrir siempre la separación!”.

Esos hijos que en el año noventa y cuatro decidieron cambiar el destino de su vida, y en medio del mar recibieron el desprecio de los presidentes cubano y norteamericano. El del norte decía que no serían recibidos. Y el de la isla los rechazaba por traidores. Fueron hijos de nadie. Cayeron en el juego político, un pulseo a nivel de gobierno que jamás lograron entender. Entonces fueron a base militar. Una tierra de “nadie” que no merece la bondad del resto que conforma la isla.

Aquellos hijos miraron hacia todas partes. Nacieron en un tiempo que desprecian. La incertidumbre de permanecer a la espera de ser ubicados en algún punto de la tierra, será una herida eterna para la generación de los hijos que nadie quiso.

Ángel Santiesteban-Prats

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