Festival de Cine en La Habana

la noche de los làpices

Nos pasábamos el año esperando las exhibiciones de películas. Desde la adolescencia, nos íbamos a la salida de la escuela de cine en cine, hasta la media noche, y los fines de semana bajábamos de peso porque se nos olvidaba ingerir alimentos. Lo único que nos preocupaba era no dejar escapar ningún largometraje.

Recuerdo que alguien me dijo que no dejara de ver una que se llamaba La noche de los lápices, argentina, y desde hacía dos años nos daban una credencial por la Asociación de Jóvenes Artistas que nos permitía no hacer las extensas colas y llevar un acompañante. Me dijeron que la pondrían en el Yara y fui con mi novia.

Un policía vestido de civil que organizaba la cola me dijo que no podría pasar, con delicadeza le volví a enseñar la credencial y aseguró que era imposible. Cuando le expliqué que ver la película, además de un disfrute, también era parte de mi trabajo como creador, me echó una mirada de estar perdiendo la paciencia que me molestó, y comenzamos a discutir pues me sentía en mi derecho. Lo cierto es que me quiso agredir y recuerdo los gritos de mi novia espantada por aquel hombre que intentaba golpearme.

Luego, cuando vi la película sobre la dictadura en Chile, y unos jóvenes que fueron apresados, masacrados, lloré por ellos y por mí.

De aquel hecho pasaron veinte años, y realmente, pensé que la policía había comprendido su papel en el Festival de Cine. Este año 2008, sentimos orgullo de ver la cantidad de personas con esa sed de arte que nos hace únicos. Recorrí la cola compacta de unos doscientos metros, cuando llegué a la punta, unos policías empujaban a los cinéfilos por las espaldas, otro, subido en un muro, les daba por la cabeza, insultado dije que no les pegara, pero no escuchaba, sólo miró atrás y vio a un camarógrafo haciendo un paneo con su cámara. El policía cuando se imaginó filmado, le gritó a otro que no lo dejara grabar. De inmediato se le acercaron para prohibírselo, pero el camarógrafo estaba tan ensimismado en su trabajo que sólo pudo comprender lo que sucedía cuando le pegaron por el hombro, entonces, sorprendido, separó su ojo del visor, mientras el vigilante le negaba el derecho a tomar imágenes.

El camarógrafo le dijo que no tenía que golpearlo, pero además, le enseñó la credencial, era el Director de Fotografía de la película que exponían y necesitaba esas secuencias para el making off.

Entonces supe que era el día de los Derechos Humanos porque el agente dijo que “después aparecían en la televisión de Miami para hablar mierda de la policía”. Llegó un capitán y pensé que podría entender mejor la situación, al final resultó ser más estúpido y extremista que sus subordinados.

Me fui deprimido. Yo que pensaba que Gardel no tenía razón, y que veinte años eran algo.

Ángel Santiesteban-Prats

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