La desilusión

¿En qué momento comenzó todo? ¿Cuándo me bajé del tren de la Revolución para subirme al de la generación de los hijos que nadie quiso? No ubico el punto exacto. Sé que cambié y dejé de ser yo, para convertirme en un desconocido. No sé definir si fue una transición rápida o lenta. Siento que lo hice a tiempo, sin hacer grandes sacrificios; no como otros que apostaron mucho, perdieron tanto, que sienten injusto pisotear sus años de juventud, gastados en marchas de milicias, tras arriesgar la vida en Girón, Argelia, Etiopía, Granada, Nicaragua, Angola. Pero mi caso es distinto, quizá fueron otras las circunstancias: soy un joven común que sacrifiqué poco, al menos debo agradecerme eso, salvo haber participado en escuelas al campo, imposibles de evadir, en escuelas militares, reuniones, domingos voluntarios, recogida de materias primas, en resumen, casi nada, si lo comparamos con las generaciones anteriores; por aquel entonces estaba lleno de ingenuidad, confiaba en el camino que la Revolución nos prometía, algo que nos fueron repitiendo en las aulas, la televisión y el cine, las actividades recreativas, en canciones y poemas, y que los adultos aceptaban sin ninguna opinión al margen, sólo movían la cabeza uniformemente sin prevenirnos de una posible desilusión.

Hasta los más osados asumieron el silencio. Callaban por miedo. Entonces no tenía por qué dudar, mi educación no tuvo la asignatura de la “desconfianza”, hasta que comencé a descubrir la ambigüedad en las respuestas cuando no entendí conceptos o decisiones oficiales, luego de insistir en una explicación coherente que me convenciera; y surgió el titubeo, la duda. Entonces, llegó lo inesperado: la desilusión. Y en una reunión dije que no me gustaban las votaciones por unanimidad, a las que debía estar acostumbrado, que me hacía desconfiar el hecho de que tantas personas pensaran igual, que esos grandes porcentajes, lejos de ser una victoria, eran el peor enemigo de la revolución, que eso era precisamente lo que hacía inverosímil cualquier encuesta; prefería los acuerdos por “mayoría”. Y entonces no supe si me alejé o me alejaron.

Y recordé las palabras del Maestro cuando le aseguró a Máximo Gómez que “un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.

Ángel Santiesteban-Prats

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