Las sombras del quinquenio gris

Alguien quiso recordar los viejos tiempos, allá por los setenta, y en la televisión comenzaron a resucitar odiados personajes, protagonistas (instrumentos del mecanismo), de aquellos terribles sucesos, algo así como: “recuerden que se estuvo peor, no se quejen y pórtense bien”. Pero los tiempos ya habían cambiado, y la reacción fue rotunda, por primera vez los intelectuales cubanos, unánimemente, levantaban la voz en contra de aquellos burócratas que mucho daño causaron a la cultura cubana.

Lo que comenzó con un correo electrónico avisando lo que sucedía, suscitó un tsunami de mensajes, dentro y fuera del país, imposible de detener. Los funcionarios no sabían qué hacer, permitir que aquella ola levantara indignación nacional e internacional o detener la avalancha como se había hecho siempre. Pero los tiempos ya no eran los mismos. Al final, luego que estuvieron seguros de que podrían dominar la situación, diálogo apacible mediante, se abrió el debate, pero por invitación, a puertas cerradas, un muro de contención.

Los lastimados, por primera vez, levantaron sus voces. Artistas que con hidalguía y decoro compartieron sus lágrimas con cada imagen, con cada palabra que fueron recordando. Escuchamos de abusos inimaginables, de humillaciones aberrantes que usaban como método ideológico los que dirigían la cultura. Esos artistas se convirtieron en autómatas temerosos que caminaban desgarrados por la ciudad, en la que a veces coincidían por sus calles, y apenas advertían algún ademán, un gesto imperceptible. Estaban seguros que pagaban una condena que aún hoy, no comprenden. Pero les hicieron creer que el castigo era merecido. Necesitaban el perdón a pesar de no entender, era como un salvoconducto para continuar existiendo dentro de la isla. Muchos, sin saber por qué, intentaron corregirse, demostrar que se equivocaron, y emprendieron una reforma de su manera de mirar la vida, su modo de entenderla y luego reflejarla en su arte, otros definitivamente se apagaron; una gran parte emigró, y los que no tuvieron la voluntad para limpiar las acusaciones, con paciencia silenciosa esperaron la muerte.

Se dio o se dieron a conocer los Parametrados. Los delitos eran muchos: la persona que no participaba, además con entusiasmo, en las actividades programadas, era catalogada como “desafecta”, “contrarrevolucionaria”, una palabra con demasiado peso para ser soportada y sobrevivirla, en aquella época mucho más que ahora. Ser homosexual era una herejía que iba contra los preceptos de la Revolución. Escribir, decir, a veces callar, una palabra en el lugar equivocado, una llamada telefónica, una carta del extranjero, eran transgresiones que podían cambiar la vida. Tener el pelo largo, vestirse diferente, leer un libro o escuchar música prohibida por la oficialidad, era suficiente para ser juzgado y sentenciado. Muchos fueron enviados a los campos de concentración: Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

Al final, el tsunami fue contenido y se convirtió en una tormenta. Al menos los enjuiciados pudieron desahogarse y se fueron acallando los golpes del viento contra las ventanas de los funcionarios. Los reclamos de que los directivos de la televisión se retractaran públicamente por las apariciones de esos personajes, no fueron escuchados, ni siquiera acudieron personalmente a dar una explicación. Al final, la generación de los lastimados en aquel Quinquenio Gris, pensaron que lo alcanzado al permitirles sus conferencias, era más que lo soñado por ellos.

En ninguna conferencia escuché preguntar quiénes ordenaron a aquellos funcionarios a escribir los “mandamientos” por los que había que regirse para salvarse o hundirse. ¿Quién o quiénes, son los culpables? ¿Qué Viejo Mayor impuso la doctrina? ¿En qué momento y por qué? Todos prefirieron saltar la pregunta. ¿Cómo es posible que no exigieran que los verdaderos culpables reconocieran el error y se disculparan a cada uno de ellos?, y al pueblo que en definitiva también pagó la consecuencia de un arte chato, sin conflicto, el llamado “realismo socialista”. Quizá no hicieron la pregunta porque siempre han conocido la respuesta. Eso bien valdría una “reflexión”, o varias.

Presidentes actuales que ni siquiera participaron en holocaustos, en ese entonces eran niños, en nombre de su nación, han dado el rostro para pedir perdón a pueblos agredidos, devastados. Y han puesto flores a los muertos y orado por sus almas.
Mientras llegan las explicaciones o esclarecimientos, continuamos la larga espera.

Ángel Santiesteban-Prats

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