Mis amigos intelectuales

Mis amigos escritores me aseguran que hacer este blog es hacer política, que debo mantenerme en mi literatura: esa es la manera de defenderla, de continuar publicando en mi país, de sobrevivir con el status de escritor. Que andar metido en internet es una forma de evadir, ser ilegal, libre albedrío, convertirme en cimarrón.

Mis amigos creadores piensan que hacer público lo que se piensa, es meterse en política. Aseguran que mis libros denuncian más que un partido político en la oposición. Que ante todo debo pensar en mi obra, luego en los lectores, en la cultura, en mí

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Mis amigos literatos me crean contradicciones: no quiero hacer política. Lo que más deseo es defender mi literatura. ¿Pero cómo amordazo mi boca? ¿Callar el grito espontáneo? Si cuento es porque mis historias se escriben solas, saltan ante mí, independientes, y a veces se burlan de mi desamparo. Tampoco les pido que agradezcan. Sólo cumplo con ponerlas ahí, servirles de escribano, darles “vida” a ellas que existieron siempre, como una especie de Geppetto que forja, a puro golpe de emoción, los personajes de una realidad sumergida en el secreto.

Mis amigos letrados reciben publicidad y sus libros se reeditan. Conforman jurados de concursos que jamás ganaron. Aplauden cuando las cámaras del noticiero se acercan. Viajan a Ferias del Libro en países distantes, plazas culturales que sueño visitar, pero a cambio no podría ofrecer más que mi honestidad creativa.

Mis amigos eruditos dicen que no puedo quejarme, que a pesar de mi literatura contestataria, he tenido más oportunidades que ellos si lo hubieran intentado en su tiempo. Que por eso debo callar, soportar que me marginen y demostrar en todo momento mi agradecimiento al espacio que habito, y a su bondad de no reprimirme. Así hasta podría engañarlos, me dicen, obtener el perdón por mi literatura, una especie de complicidad entre funcionario y escritor. Facilitarles su trabajo, pienso.

Mis amigos instruidos quieren que adopte una actitud cínica, es su manera de protegerme, así han hecho ellos para cuidar su propia existencia. Pero por mucho que les explico que incursionar en el blog es una manera de continuar mi función como espectador y escritor, ellos no pueden entenderlo. Me lanzan una mirada de “allá tú, después no te quejes cuando te enseñen los instrumentos”.

Mis amigos ilustrados son admirados por mí: no poseo la capacidad que ellos tienen para callar. No tengo su resistencia para soportar el silencio. No disfruto cuando la oficialidad tira sus migajas de pan ni el pan completo. A veces los envidio, porque sólo yo sé las ventajas que rechazo, y a cambio todos los desprecios que recibo.

Mis amigos pensadores deberían aceptarme como yo los acepto a ellos.

Ángel Santiesteban-Prats

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