Venecia sin ti

El primer día declaramos una rotunda huelga de ayuno cuando el sargento anunció que no había vasos para repartir la tisana y que teníamos que usar el cubo. Tras una breve reunión se consideró inadmisible recibir la infusión en el mismo recipiente usado para orinar y defecar. Cierto era que la vasija había sido desechada luego de tres semanas sobreviviendo sobre las aguas estancadas por la tupición de los desagües y vertederos, pero el olor y la costra casi eran imposibles de eliminar después de varias lavadas.

Desde que los tragantes dejaron de funcionar, bastaba para orinar que hiciéramos una ligera inclinación sobre la cama, o con los pies en los bordes de dos literas, desahogar el cuerpo. Entonces lo único recomendable para el resto de quienes soportábamos encierro y miserias entre aquellas paredes, era acercarnos a la entrada y clavar el rostro entre los barrotes intentando respirar un poco de aire menos contaminado.

El mal olor que escapaba de nuestra celda hacía mantener distante al guardia, que percibía a través de las rejas, cuánto lo rechazábamos. En las mañanas, ante nuestra negativa a aceptar el brebaje, se iba con esa sonrisa cínica que tan bien llegamos a conocer y nunca dejamos de esperar.

–Esa película ya la vi, al final lo matan –sentenciaba alejándose.

Antes repartían un pedazo de pan viejo que atenuaba la carencia de la infusión; pero pasada casi una semana de nuestro ayuno no lo hicieron más. Tres días después el cubo apareció allí, a la entrada, justo sobre la cama pegada a los barrotes. Nadie preguntó quién lo hizo. Preferimos callar el agradecimiento.

Imaginé que la realidad era una pesadilla. Y decidí vivir los sueños. Mi escenario era otro, navegaba en una góndola y sobre mis piernas descansaba mi novia su cabeza. El gondolero evitaba mirarnos para no interrumpir la intimidad. Lo agradecí. A veces nos besábamos.

Me despertó el jarro del sargento al golpear los barrotes y escuché el sonido de la infusión al caer en el fondo del cubo. Nadie se acercó mientras el guardia permanecía junto a la reja. Sin mirarnos, repartimos las raciones.

Apenas se conversaba. Nos distinguía el silencio. Atormentaba pensar que no sólo en aquella película que decía haber visto el guardia, se cumplía su afirmación: al final siempre nos matan.

Ángel Santiesteban-Prats

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