A Juan Wilfredo Soto, en el Parque Vidal

El Gobierno cubano regala por el Día de las Madres, justamente lo que más dolor puede provocarles: la pérdida de un hijo. Y la Gran Madre, la Patria, está llorando a otro de sus hijos que, como aquellos mambises, decidió morir antes de ser ultrajado, expulsado de su propio suelo, un parque, el Parque Vidal, que lo recibió desde sus primeros pasos en la vida y donde unos sicarios intentaron desalojarlo.

Juan Wilfredo Soto fue un hombre de principios. Desde la juventud expuso sus ideas contrarias al proceso “revolucionario” y, por ello, a los 17 años, lo expulsaron del centro de estudio y lo encarcelaron, por lo que fue conocido como el “Estudiante”. Luego continuaron otras condenas por los mismos supuestos “delitos”, derechos que la propia Carta Magna de las Naciones Unidas reconoce como pertenencia inalienable del ser humano, pero que el Gobierno cubano recibe como transgresiones a su política de “mano dura”.

Un día tendremos también un “Muro de las lamentaciones” y allí esculpiremos los nombres de aquellos que han ido muriendo en silencio por más de cincuenta años, sin que un medio electrónico pudiera dar la noticia y romper la mordaza de la censura, hasta llegar a la nueva era, donde gracias a esos medios satelitales, dejaran escapar los nombres de Orlando Zapata y Juan Wilfredo Soto, que estarán juntos porque eligieron emprender el camino de la libertad y convertirse en el orgullo de sus compatriotas.

Como siempre, la prensa cubana guardará mutismo o publicará la versión oficial, redactada por los dirigentes del Estado. Gastarán palabras justificando malamente el cruel asesinato, sin dedicarle en sus periódicos, mas espacio que el lloriqueo por Bin Laden, el “hijo pródigo” de Fidel Castro.

Quizá esta sea la venganza de ojo por ojo. Los norteamericanos le quitaron al más odiado terrorista y el Gobierno cubano, como respuesta, apalea hasta la muerte a un hombre justo, aunque en ese momento sólo defendiera el principio de pasear por el parque de su ciudad.

Acabamos de enterrar a Juan Wilfredo Soto, que como una estrella se ha emplazado en el firmamento y nos mira.

Ángel Santiesteban-Prats

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