El reflejo en el espejo: Castro y Mubarak

El periódico Granma, Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba, junto al resto de los medios informativos oficialistas, como es normal en los regímenes totalitarios, da a conocer que las manifestaciones en contra del presidente de Egipto, Hosni Mubarak, se deben a sus treinta años en el poder.

La noticia parece una burla a los cubanos. El gobierno de los Castro amenaza ya con alcanzar el doble de esa cifra al mando del país, llevándonos cada vez más a la miseria y la escasez.

El sentido común, sin embargo, parece fallarle a las autoridades, pues cierta lógica indica que no deberían publicar el reflejo de su espejo, que es la imagen de Mubarak. ¿Treinta años en el poder de la nación egipcia son malos, y buenos los cincuenta y tres de dictadura en Cuba?

Declara Mubarak, según una entrevista a la cadena estadounidense ABC, que su salida del poder sumaría al país en el caos. “No me gusta ver a los egipcios peleando entre ellos”. Es difícil saber si todos los dictadores son iguales por naturaleza o estudiaron el mismo manual.

Lo risible —si esto fuera posible—, es que se burlan de sí mismos, del sentido común más elemental. Mubarak y Fidel Castro se imaginan dioses, seres elegidos capaces de guiar al pueblo si no a la prosperidad, al menos, a la “dignidad”. No hay pan que brindar, pero intentan estafar con ideología populista. Lo trágico es que el precio de su amor al poder lo pagan sus pueblos.

También por estos días, en Túnez, tenemos la “intifada del pan”, una rebelión contra un gobierno “enquistado en el poder durante 23 años”, según describe la prensa oficial cubana. En Yemen sucede algo parecido. En Costa de Marfil la población exige respeto por los comicios. Sudán vota en referendo de autodeterminación. Los pueblos, arriesgando su destino, cansados de ser engañados, se lanzan, como carne de cañón, a imponer su voluntad.

Hace tan solo unas horas, la televisión nacional aseguraba que una representación del gobierno de Mubarak mantenía conversaciones con los opositores. La pregunta a seguir sería cuándo el gobierno de los Castro aceptará la democracia, admitirá la oposición y dejará de ignorar proyectos que pudieran sanar la actual crisis nacional.

Mohammed Bouazizi, el tunecino cuya inmolación desató la oleada de revueltas que hoy sacuden al mundo árabe, murió como Orlando Zapata Tamayo. A ninguno le quedaba otra alternativa.

Ángel Santiesteban-Prats

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