Madres de la Plaza de Agosto I

Cuando en agosto de 94 la generación de los hijos que nadie quiso, preparaban las balsas en las costas cubanas, se podían escuchar los gritos de las madres que buscaban a sus hijos hacía varias noches, y el mar, turbio, dejaba escapar un largo bramido al romper contra los arrecifes.

Amanecía y andaban aún con los faroles encendidos a plena luz del día. El mar sólo les devolvió las embarcaciones vacías y ellas querían los cuerpos para enterrarlos. Me pregunto de qué sirve que lo entierren a uno después de muerto, qué diferencia hay entre estar cubierto de tierra o de agua.

Lo cierto es que algunas madres habían perdido la esperanza y miraban inseguras a sus nietos que sujetaban de la mano sin saber qué hacer. Me negué a verlas para no fijar en mi mente las imágenes angustiosas que le quitan la fuerza al más optimista: ver por la playa a esas mujeres ojerosas, halando de un lado a otro sin descansar a aquellos niños descalzos y hambrientos, con la ropa humeda por la neblina y el rocío, mirando el agua como si esperaran el momento milagroso en que aparecieran, flotando, los cuerpos de sus hijos; y al mismo tiempo, verles reflejado el temor de que realmente ocurra, cuando los confundían con algún tronco o pedazo de lona devuelto por la marea. Cada vez que el mar traía un objeto, se acercaban desesperadas, los gritos de horror los recibíamos espantados, temiendo que el mal presagio se hiciera realidad. Sus ojos se movían con rapidez en busca de un detalle conocido y el objeto viajaba de mano en mano, y ellas temblorosas, clavaban sus uñas tratando de desenterrar un quejido o un aliento.

Intentaban interrogar un remo, una vela, un pomo, a veces un nylon, para averiguar qué había sido de sus hijos. “Aún buscan las madres en la sombra la sonrisa de sus hijos”, había escrito José Martí en el primer aniversario del fusilamiento de los estudiantes de medicina en La Habana, “aún extienden los brazos para estrecharlos en su pecho, aún brotan de sus ojos raudales de amarguísimo llanto”.

Y estas madres, a orillas de las playas, lloraban también por sus hijos inocentes.

Ángel Santiesteban-Prats

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