Testimonio: Los intentos fallidos para construirme en “agente” II

A los dos meses de estar escondido en el barrio de la Güinera, reaparecí por mi barrio. Todo parecía estar tranquilo. Lo bueno era que había aprovechado ese tiempo para leer y crear. Y pensé que podría retomar mi vida.

Cuando menos lo esperaba, hicieron un operativo en mi casa y me llevaron nuevamente detenido. Apenas llegué a su cuartel, me aseguraron que el mismo tiempo que estuve sin aparecer para darles la cara, lo iba a pasar allí como castigo. Y exactamente fue así. Me mantuvieron en aquellas celdas de intenso rigor disciplinario los sesenta días que permanecí escondido. Allí también tuve un proceso de creación, esa fue la salvación.

En aquel encierro escribí un cuento de memoria. Decía una frase en voz alta, a la que luego le agregaba otra palabra, y comenzaba a repetirla desde la primera, así constantemente, cientos de palabras porque llegó a ser un cuento largo que, por cierto, ya publiqué. Sólo recuerdo mis compañeros de celda mirándome asustados, como a un loco que podría dañarlos. Hubo un momento que uno de ellos se me arrodilló para suplicarme que me callara, los tenía atormentados, no los dejaba pensar ni dormir. Creo que también se aprendieron la historia.

A los 56 días fue a verme un tal Germán, era un “seguroso” que siempre veía en los eventos literarios, sobre todo en las actividades de Casa de las Américas. Iba acompañado de otros dos, y cuando me llevaron a la oficina estaban sentados en un sofá. Apenas entré y los miré, me bajé los pantalones, advierto que no llevaba ropa interior, y ellos viraron la cara ofendidos. El tal Germán me dijo que no se fajaba conmigo porque yo les era necesario y aseguraba que, a pesar de todo, era un joven revolucionario.

Realmente contuve mis deseos de, en medio de mi debilidad física, irme a los puños con cualquiera de ellos, sentía una necesidad inmensa de volcar mi ira. Germán aseguró que saldría pronto, pero que no olvidara “cooperar” con los oficiales.

A los sesenta días había adelgazado tanto que cuando me detuve delante de mi suegra, la que me conocía por diez años, no pudo reconocerme. Cuando hablé comenzó a llorar, le daba sentimiento verme en aquel estado de calamidad.

Apenas entré al apartamento ni siquiera tomé agua fría, sino que me senté en la máquina y comencé a escribir el texto que aprendí de memoria. En aquellos días de encierro el mayor miedo que me acompañó era el de olvidar el cuento. Entonces pude salvarlo, y al verlo impreso sentí que el sol salía por primera vez desde la detención; creo que sonreí porque a mi entender les había jugado una mala pasada. Si quisieron evitar que escribiera, que creara, no lo lograron.

Y por supuesto, más que antes, yo estaba renuente a cooperar.

Ángel Santiesteban-Prats

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