Los intentos fallidos para construirme en «agente» III

Me aterraba saber que podía regresar a las celdas de castigo por otros sesenta días, o quizá más. Pero más terror me causaba imaginarme “cooperando” con los que no creía, con los que consideraba que abusaban de mi país, saberme cómplice me provoca repugnancia. También sabía que para ser escritor en el sistema que me había tocado vivir, llegar al reconocimiento y tener derecho a publicación, infaliblemente había que dar la imagen de apoyo al Gobierno o, al menos, pasar inadvertido, un “compañero de viaje”, apolítico o anarquista. Pero mi literatura crítica al sistema me delataba en cada publicación.

A los pocos días de haber regresado del encierro por sesenta días, recibí una visita en la casa de un hombre que se identificó como “agente” de la Seguridad del Estado. Por mi rostro comprendió que no era bienvenido. Me dijo que sólo ocuparía unos minutos, pues un oficial superior me esperaba cerca para conversar.

Afuera había un auto Lada que me llevó a un apartamento por el reparto Víbora. Después de saludar a los dueños me señalaron que continuara hacia el último cuarto. Me esperaba un Coronel uniformado. Me hizo varias preguntas que mayormente contesté con monosílabos. Fue evidente que no le agradé, o que daba aquellos minutos como un tiempo perdido. Me entregaron lápiz y papel y me pidió que redactara un informe en tercera persona Cuando comprendió mi titubeo me dijo que escribiera sobre cualquier cosa, que para eso era escritor. Ya ni recuerdo qué tonterías pude escribir.

Ni siquiera nos despedimos, sólo hizo una seña y me sacaron de su presencia. Regresé preocupado, el rostro del Coronel decía algo que no pude descifrar. De lo que sí estaba seguro era que sería fatal para mí.

Días después, el mismo oficial que fue a mi casa, me interceptó en la calle y me pidió que lo acompañara a ver si reconocía a unos tipos que eran motoristas al igual que yo y quizá, eran los que lanzaron el Cóctel-Molotov. Me llevaron a un solar, me pidió que entrara hasta el final. Me negué, dije que yo no era policía y no tenía vocación para ello tampoco. Nos dijimos varios insultos y en ese lapso salieron algunas personas que el oficial insistió en que reconociera. Dije no conocerlos. Dos días después tocaron a la puerta de mi casa, al abrir allí estaba un hombre apuntándome con un revolver. El arma estaba al alcance de mi mano y sentí indefensión.

El sonido me pareció ajeno, sólo el susto de la detonación, luego el olor a pólvora. Pensé que había salido ileso pero algo pegajoso me bajaba por la pierna. Busqué y levanté el brazo, y pude ver el orificio. La bala penetró los músculos del brazo, lo atravesó para volver a introducirse por el lado de las costillas hasta llegar al pecho. Una patrulla que “casualmente” estaba cerca, me trasladó al hospital más cercano.

Dos días después apareció el oficial Germán y me reubicó en el Hospital Hermanos Amejeiras, me situaron en una habitación con cámara de seguridad. Los médicos decidieron dejarme la bala dentro porque para extraerla habría que romper el esternón lo que causaría un trauma mayor.

Cuando salí fui a recuperarme a casa de un amigo que me confesó que el mismo Germán le había sugerido que me sacara de la casa, a lo que éste respondió que a los amigos no se abandonaban.

Esa fue la despedida frontal de sus intenciones por construirme como Agente de la Seguridad del Estado. En contra de su voluntad les fui ganando los premios literarios, sobre todo aquellos que no pudieron llegar a tiempo para impedir el voto del jurado como en el año 1992 cuando amenazaron al escritor Abilio Estévez. Desde entonces he sido una espina que les ha evitado el placer de comerse las almas.

Cuando el jurado internacional del premio Casa de las Américas en el 2006, decidió otorgármelo por mi libro Dichosos los que lloran, sintieron malestar. Uno de ellos se me acercó en la Feria del Libro de La Cabaña y me dijo que el premio me había convertido en una vaca sagrada. Que a partir de aquel momento era más peligroso.

Creo que tenía razón. De todas formas le recordé que el sistema fusilaba hasta a sus Generales sagrados, por lo tanto, que importancia podría tener una “vaca” más o una menos.

Ángel Santiesteban-Prats

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