Travesuras de los niños malos

Recuerdo que en mi época de estudiante, en aquel campismo, cada día era un reto por conquistar o mantener una novia. Tomarlas de la mano era el mayor orgullo que podíamos sentir.

Una noche en el río, desatamos las cuerdas que sujetaban una lancha para dejarla a la deriva. Ahora no sabría por qué lo hicimos, quizá porque de repente disfrutamos de esa sensación de libertad que no teníamos y, lo peor de todo, que no éramos conscientes de ella. A la media hora escuchamos las ametralladoras tirándole a la embarcación porque los guardafronteras sospecharon que la robaban para escapar hacia la Florida. Corrimos hasta lo alto de una loma para ver las trazadoras que salían desde tierra y se impactaban en aquel pedazo de madera flotante. Unos minutos después se hundió. De la orilla salieron en lanchas para alumbrar con reflectores y examinar el lugar y recoger cadáveres o sobrevivientes, lo que era bien difícil. Buscaron entre los arrecifes de la orilla opuesta por si habían escapado antes de los disparos. Luego apagaron las luces y salieron en dirección a la desembocadura del río. Antonio, intuyendo lo que se avecinaba, dijo: hay que portarse como hombres, que nadie se raje, hagámosles un homenaje a los ocho estudiantes que fusilaron las autoridades de otra época. Y nos miramos con orgullo.

En la mañana, la policía quería, como mínimo, un culpable; los profesores nos interrogaron durante largas jornadas animándonos a traicionar aquel juego de adolescentes. Nadie habló. Mientras más nos presionaron, más recordábamos las palabras de Antonio. Permanecimos callados, sintiéndonos héroes, hasta que llegaron a pensar que pudo ser algún visitante inesperado del pueblo cercano, era imposible que unos niños pudieran tener ese coraje y soportar tantas preguntas y presión de los adultos –dijeron los oficiales, quizá para justificar su fracaso por no encontrar ni siquiera un culpable.

Ahora Antonio, que luego formó parte de la generación de los hijos que nadie quiso, había emigrado al norte y se olvidó de los ocho estudiantes de medicina, de sus amigos, y de todo un hospital que trataba de salvar a su abuela tan deprimida, porque no sabía respirar sin su presencia.

Ángel Santiesteban-Prats

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