El triste centenario de Virgilio Piñera III

La mayoría de los intelectuales y lectores coinciden que el primer libro capaz de adentrarse en la vida del escritor fue: “Virgilio Piñera en persona”, excelente compendio que hiciera el crítico e investigador Carlos Espinosa. Allí comenzó a levantarse el pedestal de la obra del intelectual Virgilio. En esas páginas nos hablan sus familiares, amigos y colegas, permitiéndonos escudriñar en el alma del poeta.

El libro, según se avanza en la lectura, va rompiendo paralelos oscuros que, aún se ocultan como reminiscencias en los lectores, y que nos permite desflorar ese universo secreto y misterioso de la vida del escritor.

Desde los comienzos de la “revolución”, lo persiguió el machismo y, por consiguiente, la homofobia y la envidia, que es lo que mejor cosecha el socialismo. Una mañana de 1962, como de costumbre, salió a comprar el pan, lo acompañaban dos amigos, y al entrar al establecimiento, un soldado, al intuir que eran tres afeminados, los condujo como delincuentes a la estación policial de Guanabo, y más tarde fueron trasladados en un camión, atestado de prostitutas, proxenetas y homosexuales, al Castillo del Príncipe. En la primera oportunidad que tuvo telefoneó a Guillermo Cabrera Infante, y de inmediato éste se comunicó con Carlos Franqui, que a su vez le sugirió que hablara con Edith García Buchaca, quien tenía poder en la cultura y era la esposa de Carlos Rafael Rodríguez.

Viaje al infierno

Esa noche Virgilio permaneció preso en el Príncipe, en total fueron más de treinta horas en ese infierno rodeado de presos comunes. Sus amigos esperaban en casa de Guillermo Cabrera que lo liberaran, al llegar, ajado y maltrecho, sin haber dormido por muchas horas, comenzó a sollozar. Esa noche, después de asegurar que tenía mucho “miedo” –palabra que lo perseguiría por el resto de su vida–, se quedó a dormir en casa de Cabrera Infante. Ese miedo, más tarde, pasaría a ser terror cuando fue citado a Villa Marista, el cuartel de la Seguridad del Estado, y le dijeron que su influencia en los jóvenes era perniciosa, por lo tanto, le prohibían tener contactos con ellos. Ya entonces no pudo superar aquel permanente estado de pánico que lo acompañaría hasta el día de su muerte.

Luego no quiso regresar a su casa en Guanabo, pues el pavor de ver repetida esas experiencias lo superaba. En los años setenta llegaría el “quinquenio gris”, como después se le llamó, pero en su momento fue “el pavonato”, en honor a aquel personaje siniestro que dirigía la cultura a través de su homofobia revolucionaria, orientada, directamente, por Fidel Castro: el homofóbico en jefe. Todo el sistema ejerció sus fuerzas negativas sobre el artista para lograr lo que esa generación llamaría: los instrumentos.

La Seguridad del Estado cumplía su propósito: no permitirle crear.

En una carta del año 1977, casi al cumplir 65 años decía: (…) “Es, querida, que no tengo deseos de escribir, ni sobre nada ni a nadie. Mi vida está por terminar, he luchado mucho y estoy cansado de luchar. Me dejo ir, eso es todo. Los días son iguales como gotas de agua (…) De Teatro nada. De lecturas poquísimo (…) De revistas nada en lo absoluto. Desinformación literaria total (…) Dile que no le escribo porque he interrumpido mi comunicación con el mundo exterior (…) Y eso hizo la vida. Ya sólo queda la muerte y contemplar las viejas fotos de instantes de juventud (…) Pero sobre esto ya Proust lo dijo todo en el tiempo retrouvé, en ese baile inmortal y mortal en casa del príncipe de Guermantes. Dile que en días pasados se me rompió la última fuente (azul) que teníamos de aquellos dichosos días de la casa de Guanabo. Pienso y estoy seguro de que eso sí era la verdadera vida. Pensaba (¡qué inocencia!) que allí viviríamos hasta el final de nuestros días y allí envejeceríamos digna y sosegadamente, con ese ritmo de vida acompasada en que siente que los días que te llevan a la muerte son tan amables que te van cubriendo como de una capa protectora de vitalidad. Pero todo eso se vino abajo con estrépito, el mismo que se suponen harán las trompetas del Juicio Final.”

Estas palabras de Virgilio encierran toda la verdad de su censura, la tristeza que padeció, toda la obra cultural que perdimos como nación. El ímpetu de esa generación fue detenido ante el muro del sacrificio. En esa época era imposible encontrar una obra de Virgilio en las librerías. Estaba completamente prohibido. Intentaban lograr que fuera un escritor olvidado, borrado de la literatura cubana. Y fue sufriendo durante todos esos años, con sus meses, días y horas, minuto a minuto, sin tregua, uno a uno sin poder calmar el dolor que le causaban sus detractores.

No aceptó la más mínima concesión ética.

Cuenta Abilio Estévez que el primer descubrimiento que hizo en Virgilio es que para él todo era profanable menos la literatura, y en eso mantuvo una moral intachable. Le enseñó la ética del escritor, lo importante que era escribir bien y no medrar (en sentido económico o político). Le mostró lo inevitable que resulta para un escritor la libertad, y que esa libertad quería decir, sobre todo, fidelidad a uno mismo.

Y por esa entereza abandonó esta vida censurado, prohibido, apenas citado. Lo que no sabían sus perseguidores era lo que un día le aseguró a Abilio: “Soy inmortal”. La noticia de su muerte salió, irónicamente, en el periódico Juventud Rebelde, y fue anunciada después del entierro, evidentemente para evitar aglomeración y homenajes de los intelectuales y admiradores.

Una vez le dijo a su sobrino “Qué injustos han sido conmigo”. No permitirle publicar ni estrenar fue su peor castigo. Ahora, los mismos que lo prohibieron se castigan publicándole sus obras completas. Algunos, sobre todo los de esa misma generación de los años setenta del siglo pasado, con seguridad dirán que es suficiente, porque ellos se conforman con esos poquitos que jamás soñaron.

En cambio, mi generación lo quiere todo, no sólo para nosotros, sino también para el pueblo de Cuba: queremos la libertad y la dignidad que necesitaba Virgilio Piñera para respirar y crear.

Ángel Santiesteban-Prats.

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