Una visita a Oswaldo Payá

Hace unos años acompañé a un amigo del País Vasco hasta la casa de Oswaldo Payá. Lo dejé en las cercanías para no llamar la atención pues su casa siempre estaba muy vigilada. El vasco quería hacerle una entrevista y ya tenían concertada la cita. Serían dos horas. Acordamos que lo recogería en el mismo lugar para llevarlo directo al aeropuerto.

Al regreso, el vasco no se encontraba en el lugar. Esperé media hora. La preocupación comenzó a asomar. Primero por su persona, luego por la ida de avión y la pérdida del boleto. Cuando pasó una hora de espera me puse a indagar dónde quedaba la vivienda de Payá. Finalmente di con la dirección y, dejando el auto a dos cuadras, me acerqué a su casa. Eran cerca de las diez de la noche. Toqué con suavidad para no asustar. Payá fue quien abrió la puerta, luego de saludarlo y comprender que estaba curado del miedo, le expliqué. Me aseguró que el vasco se había ido exactamente a las dos horas, y que le había comentado que lo estarían esperando. Me dijo que en varias ocasiones eso había ocurrido y que luego sus visitantes aparecían en Villa Marista, (cuartel de la Seguridad del Estado de Cuba). Me confesó que se quedaba preocupado, y me dio su número de teléfono para que le avisara tan pronto yo obtuviera alguna noticia del paradero del vasco.

Volví a la esquina acordada. El amigo no había llegado. Era la esquina de un hospital infantil de la Calzada del Cerro. Las palabras fueron: “te recojo en la esquina del hospital”. Me puse a calcular que el hospital tenía cuatro esquinas, y que debía darle un rodeo para asegurarme que no estuviera por los contornos. Cuando pasé por el fondo del hospital, justo a medianía de cuadra, en la entrada del Cuerpo de Guardia, allí, en los asientos, estaba sentado el vasco con las piernas unidas. Me hizo recordar la imagen de mi hijo cuando lo iba a buscar al círculo infantil: abrió los brazos acompañado de una sonrisa de total felicidad. Estaba hecho puro nervio y me dijo que las piernas no le habían dado para más, y que luz que provenía del Cuerpo de Guardia se le brindó como una perfecta guarida. Estaba decidido a morir sentado allí si yo no aparecía, me dijo, y nos echamos a reír. Luego se mantuvo un rato en silencio. De sólo escuchar ese simple testimonio de lo que una persona ha sufrido, podríamos creer todo el horror que una gobierno totalitario es capaz de infringir a un pueblo entero.

Nos fuimos con prisa hasta el aeropuerto. Recordé a Payá, y lo llamé por teléfono. Aún estaba despierto esperando noticias. El hombre está seguro, le dije, ya está en el avión. Gracias a Dios, respondió Paya. Me agradeció la llamada y luego de colgar me pregunté cómo un hombre que había sufrido tanto, que había sido vejado y ultrajado en tantas ocasiones, incluso privándole de su libertad, aún podía tener tanto amor para brindar hasta a los desconocidos. Luego supe que era su fe: ése siempre fue su escudo y protección.

Ángel Santiesteban-Prats

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