Contra la Inteligencia III

Contra la Inteligencia I 

Contra la Inteligencia II

Después que el oficial sacara de la celda a los reclusos y quedáramos solos me dijo que era miembro de la Seguridad del Estado y su nombre era Aníbal, que su intención no era golpearme, que deseaban dialogar porque estaban preocupados por mi golpiza y mi huelga de hambre y sed. Me pidió que accediera a acompañarlos al cuarto de interrogatorio que allí había mejores condiciones. Le dije que para él serían mejores porque yo vivía en aquellas inmundas cuatro paredes desde hacía más de dos días. Continué negándole la posibilidad de dialogar, a esas alturas lo único que deseaba era un enfrentamiento físico y le pedí que se fuera de la celda. Me recordó que yo era un intelectual. Le aseguré que por eso mismo no tenía que conversar nada con él. Estuvo insistiendo por un rato y el oficial hablaba paciente y casi rogaba porque lo atendiera, a menos lo escuchara. Accedí a que hiciera su monólogo.

Se mantuvo en la preocupación de mi estado de salud, que deseaban llevarme al médico. Seguí negando, lo dije que ya me habían reconocido y las costillas parecían fracturadas, para eso había que hacerme una placa de rayos x y el equipo lo tenían roto; según la doctora esa dolencia no llevaba otra medicación que soportar los dolores a base de calmantes.

El oficial quiso convencerme de hacer otro reconocimiento médico. Definitivamente le dije que no. Me insistió en traer un médico a la unidad. Le aseguré que no aceptaría que me reconocieran. Luego quiso que ingiriera alimento. Le dije que tenía la decisión de salir muerto de aquella celda, y que mi huelga de hambre y de sed no era para exigir mi libertad, la cual no me preocupaba pues el lujo de pasarme el día acostado era algo que en mi vida había hecho pocas veces y cuando me enfermaba.  La huelga de hambre se debía a que era la única posibilidad que me permitían para protestar por sus abusos y sus faltas de libertades. El oficial siempre me escuchaba atento y en silencio, como queriendo desentrañar mis intenciones o dándome la posibilidad a desahogarme.

Después de un rato le dije que no deseaba hacerle perder más el tiempo y que se retirara. Se lo dije con seriedad pero en el fondo sentía la burla de hacerlo entender que aquel espacio era mi casa, y en realidad en ese momento así lo sentía, era mi espacio y nadie tenía el derecho a estar allí en contra de mi voluntad. Accedió no sin antes pedirme la oportunidad de volver a conversar en otro momento. Por tal que se fuera acepté.

Visita del médico

En la mañana me hizo una treta y cuando me sacaron y llegué al cuarto de interrogatorio estaba esperándome con un médico, ni siquiera entré, di media vuelta y regresé molesto a mi celda, llamé al carcelero para que la abriera, detrás de mí venía el mismo oficial de la seguridad llamado Anibal diciéndome que estaban preocupados por mí salud. Le advertí al carcelero que no volviera a abrir la celda para mí porque no iba a salir más.

En aquella profunda oscuridad que me rodeaba, a pesar de todo, sentía una luz que surgía desde la angustia y el dolor más que físico y de mi esencia, un placer por sentir que hacía las cosas como mi alma me dictaba. Le pedía a Dios que alguien hubiera grabado las escenas de la golpiza, que existiera un testimonio para demostrarle al mundo de lo que era capaz de hacer un gobierno totalitario contra los que osan desafiarlos, si así podemos llamar al hecho de presentarnos en el lugar para apoyar a los padres de Antonio Rodiles y también, por qué no, como forma de protesta por la arbitraria detención.

Pasaron varias horas y el oficial se asomó a la celda; dijo que el médico se había ido, que deseaba conversar conmigo como la primera vez, que ahora no habría sorpresas, que necesitaba detalles sobre lo que ocurrido cuando me apresaron. Como deseaba exteriorizar mis molestias accedí. Le hice un recuento de lo sucedido, el abuso y atropello que cometieron, pero sobre todo lo que más necesitaba era entenderlos, algo que me parecía imposible, pero si soy escritor es porque la única ambición que siempre me ha perseguido es entender a las personas, llegar a la entraña de los acontecimientos y comprender, aunque no comparta su naturaleza misma, qué los lleva a proceder. Más que hablar yo quería escucharlo a él, y por sus preguntas supe cuáles eran sus preocupaciones.

Diálogo con el representante de la Seguridad del Estado

Le dije que lo más sorpresivo para mí era la ineptitud de quienes representaban la seguridad del país. Aquellos no eran hombres elegidos por su capacidad de pensar, ni siquiera por su ideología o decisión de luchar por una causa, eran matones, mercenarios casi anormales que prestaban su falta de visión, su incapacidad mental y facilidad de manipulación a los que tenían el poder, pero que esos eran los mismos que usaba Batista. Que en los tiempos de dictadura surgen esos espécimen que no creen ni en su familia, que solo quieren satisfacer su abuso desmedido y su patología es la de ocasionar el terror como enfermos que son. El oficial nunca me contradecía. Hablamos de mi comienzo como disidente a partir que abriera el blog. Mi gran intención era decir lo que ocurría en el sector de la cultura pero siempre con la esperanza de buscar soluciones, dialogar, intercambiar criterios. Pero para el Gobierno no existe otro camino de si no me apoyas eres mi enemigo, y realmente prefería ser su enemigo que callar. Escojo sufrir que obtener algún beneficio del sistema. Morir que vivir de sus dádivas.

Había comenzado con aquellos post que tendían a ser más literarios que periodísticos, pero sobre todo desde el punto de vista cultural, del escritor que me conminaba a escribirlos. Y el Estado comenzó -a base de repudio, asalto físico, abuso, amenazas, marginación cultural, y embustes legales para desacreditarme ante la opinión pública y asegurar mi confinamiento sin apoyo solidario internacionall- a empujarme hasta convertirme en un opositor acérrimo y un activista por los Derechos Humanos. Le dije que en los años noventa en una entrevista que me hicieran en la televisión mexicana, había dicho que deseaba multipartidismo para Cuba y, quizá, luego de las diferentes propuestas de los partidos, hasta cabía la posibilidad que votara por el partido de Fidel, pero luego de escoger la propuesta de gestión gubernamental más acertada para el pueblo de mi país, pero jamás impuesta por un dictador.

Por aquel entonces alguien me dijo que aquella entrevista estuvo circulando entre algunos funcionarios en un casete VHS.

El oficial al final me hizo saber que se valoraba la posibilidad de mantener o suprimir los cargos en mi contra. Le corregí, y le dije que en todo caso estarían valorando cómo justificar la golpiza porque no había cometido ningún delito.

Regresé a la celda. Era domingo y el silencio debía recorrer la calle, pero las celdas son como una constante obra de teatro. Los conflictos son disímiles con tempo americano. Se desarrollan con rapidez, con acción, lenguaje de adulto y violencia, pero nunca falta el toque de humor. Surgen personajes interesantes, a veces analfabetos pero con una riqueza natural de simpatía que llegas a quererlos.

Sobre todo habría que destacar la solidaridad de los marginales. Ante nuestra realidad ellos sienten que nos apoyan, pero que no tienen la vergüenza y el respeto para desarrollarlo. Son inverosímiles ante esa realidad. Su procedencia delictiva los marca como reses al patíbulo. No tienen opción que morir en silencio porque el solo hecho de exigir sus derechos humanos más elementales podría causar burla y descrédito ante el resto de los detenidos. Pero en nosotros ellos sienten que de alguna manera defendemos sus derechos, sus razones, que de alguna manera, o de todas, estamos exigiendo por ellos los que nos toca a todo. Y les gusta que les hagamos entender, explicarles la Demanda Ciudadana Por Otra Cuba, el Pacto de los Derechos Políticos y Civiles de las Naciones Unidas que Cuba firmó el 28 de febrero de 2008 en Nueva York, donde en principio acataba esas garantías y ahora exigimos su ratificación y puesta en vigor de inmediato de esos derechos. Siempre escuchan atentos, quizá no lo entiendan todo, pero parte de ello, o su esencia, les conmina a apoyarlas y de inmediato preguntan cómo hacer para apoyarla.

Regresa el oficial de la Seguridad del Estado

El oficial acompaña al carcelero hasta la puerta de mi celda y espera que salga, me dice que lo acompañe hasta el cuarto de interrogatorio. Accedo. Allí, de forma teatral, da un regodeo por las circunstancias ocurridas, y que el Alto Mando después de valorarlos ha llegado a la determinación, y continuaba hablando sin dar la información final. Comprendí que mantendrían los cargos, algo que no me sorprendía y a lo que estaba preparado, y antes de terminar le reafirmé que las acusaciones permanecían en mi contra. Entonces comprendí que era un regodeo en espera que dijera lo que pensaba, quizá buscando en mí un punto débil y que pidiera clemencia, pero con ellos siempre estoy preparado para lo peor. No, me corrigió, realmente se ha decidido liberarte sin cargos. Dentro de unas horas te vas de libertad.

Era la hora de almuerzo y los matones de la seguridad que me acompañaban, que habían sacrificado a dormir en aquella celda para que me hicieran compañía, estaban desesperados para que me fuera para almorzar su comida de oficiales, ya se habían negado a desayunar, y realmente su paciencia se agotaba. En la mañana habían sacado a uno de ellos, supongo que fuera el jefe del grupo y que les trajera información de lo que sucedería, y de paso, saliera responder mi actitud y conversaciones políticas.

Un rato después me sacaron, me devolvieron la ropa. Me sacaron del área de los calabozos hasta la parte alta de la unidad policial, alguien llamó por teléfono y hubo una contraorden y me restituyeron a los calabozos. Pasó como media hora. Después me sacaron otra vez, me preguntaron si yo tenía otro celular. Dije que no. Me subieron para liberarme, no sin antes intentar imponerme un auto de patrulla hasta mi casa. Dije que no había pedido servicio de taxi, que tenía dinero para pagarlo en caso de desearlo. El oficial me propuso llevarme en su auto con chapa particular. Le dije que no. No tuvieron más opción que dejarme ir. Tres autos me seguían, querían saber hacia dónde me dirigía.

Al otro día fui para casa de Yoani. Mi resolución al enterarme que Rodiles continuaba detenido, fue de volver frente a la estación policial. Pero ella me dijo que los padres querían agotar primero las vías “legales”, que debíamos respetar sus decisiones. Era cierto, luchábamos por los respetos individuales. Seguí para casa de Rodiles, conversé con los padres y acordamos que una vez terminada las gestiones de la abogada, volveríamos todos a la unidad policial. Eso fue una determinación general.

Entonces nos concentramos en apoyar a la familia, a la abogada y continuar con el Proyecto Estado de Sats y con la Demanda Ciudadana Por Otra Cuba aunque Antonio Rodiles no se encontrara para dirigirlos, pero esa era la manera de pagar el sufrimiento que vivía en aquellas mazmorras.

A pesar del fuerte cordón policial que rodeaba la unidad día y noche, pudimos llegar hasta la esquina Manolo Rodiles, Ailer González y yo, con los pulóveres puestos que exigían la libertad de Antonio.
Diecinueve días después le dieron la libertad, cuando el morado del ojo se había disipado. Todos habíamos aprendido la gran lección una vez más, luchábamos por un Estado de Derechos. Y las fuerzas se multiplicaban.

Ángel Santiesteban-Prats

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