Diario en la cárcel XXXI. Mi mundo en un pedacito de papel

Cada mañana al despertar, rodeado de reclusos sorprendidos por mis buenos días, que responden por compromiso, y luego de encomendarme a Dios, me sumerjo en una hoja en blanco, pues considero que sólo soy un instrumento, alguien que escribe un dictado, su creación. Surge con tanta naturalidad que subestimo el ejercicio físico que realizo.

Desde ese instante, mi Patria es el espacio en blanco que garabateo en un intento supremo de  trasmitir humildemente mis sentimientos. Entonces, el universo se reduce a esos centímetros de posible escritura.  Es el espacio al cual me debo y me rige.

Y me sumerjo en mi labor, en esa obligación con mi pensar, con mi sentir y con mis ideales. Como un eremita, abandono el entorno hostil que me circunda, laboro incansable por el mejoramiento humano, por la libertad de los cubanos frente a una férrea dictadura, y si fuera posible, por agregar alguna literatura válida a mi generación y a mi tiempo.

Y me burlo de la vigilancia constante, de sus delatores,  de sus persecuciones inescrupulosas, de sus chantajes, de sus presiones y de sus castigos, porque ya no estoy en su nivel de realidad, crucé el tiempo, y para ese entonces, montado a pelo en la manigua cubana y redentora, siento el sudor del lomo de mi caballo,  el peso del machete que sostengo y aprieto, mientras suena en la corneta el Toque de A degüello.

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Ángel Santiesteban Prats

Prisión 1580

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