Diario en la cárcel XXXIII. El barbero y su eterna condena

Hace unos días, desde el urinario, escuché una conversación entre dos reclusos en los lavaderos, que me hizo dar la vuelta para mirarles los rostros.

Era el barbero, que le comentaba a su oyente las cartas de Martí a su madre y de ésta al hijo. Las citaba de memoria, y yo disfrutaba la escena emocionado. Por supuesto, terminé formando parte de la conversación.

Al irme, les dije que aquel diálogo me resultó surrealista, dadas las circunstancias donde nos encontrábamos, y más aún, mientras lavaban sus prendas. Antes de separarnos les expresé la necesidad de escribir en algún momento sobre esa experiencia que había vivido, y nos dimos la mano.

Ese encuentro me hizo recordar que siempre escuchaba al barbero hablar sobre los libros que leía, llamándome la atención el contraste entre sus análisis intelectuales y sus tatuajes y dientes de oro.

Desde entonces, comenzamos a saludarnos como inicio de una amistad que él estaba valorando, por la vigilancia que había sobre mí, y que motivó el cambio a otras barracas e incluso a provincias, de reclusos que mantenían una relación más estrecha conmigo. No quería comprometer su trasladado al campamento donde terminaría los cinco años que le faltaban, después de haber cumplido los ocho primeros.

Ayer, luego de una representación teatral de los guardias, el barbero fue sorprendido con más de trecientas pastillas de droga. Dicen que lo delató un preso que estaba endeudado con él. También dicen que esa cantidad de medicamentos en sus paquetes originales, sólo pudo ser entrada al penal por un militar. Otros aseguran que son los medicamentos de los reclusos que tienen prescriptos psicofármacos, y que desde hace casi un mes no les administran, lo que ha provocado las alteraciones nerviosas que han sufrido, traducidas en riñas, agresión física, altercados con los guardias, intentos de fugas que en ocasiones han logrado, y hasta ataques epilépticos. Medicamentos que han sido enviados por las familias para garantizárselos.

Vale señalar que por cada indisciplina que cometen dichos enfermos, son llevados a las cortes que se realizan semanalmente, donde se les agrega, de acuerdo a la gravedad, otras sanciones o la suspensión de los beneficios por buen comportamiento.

A la mayoría de estos enfermos, les sustituyen el tratamiento oral por inyecciones intravenosas o musculares, por lo que exhiben esas zonas considerablemente dañadas.

Lo cierto es que el barbero se encuentra en el calabozo ante la sorpresa de muchos, contando la mía. Lo imagino desesperado, casi enloquecido, al saber que tiene que comenzar de cero la condena que tenía, más la que le sumen con la nueva causa de “tráfico de droga”.

Lamento perderme las tertulias literarias, pero sobre todo, que se haya perdido él, y me pregunto si hubiese sido un hombre de bien en una sociedad próspera y libre, ¿nos habremos perdido un crítico?, ¿un literato?, ¿un intelectual?

Ahora tiene que cumplir cerca de veinte años de cárcel, saldrá en plena vejez, allá cerca del 2033 con suerte, si no vuelve a cometer otra fechoría.

Así son los días en un penal, entre adictos y asesinos.

Dios tenga compasión de ellos, de sus familias, y de los que se crucen a su paso.

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Ángel Santiesteban-Prats

Prisión 1580. Junio de 2013

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