Diario en la cárcel LV. Un “catavenenos” solidario

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Ya sobrepasé los primeros seis meses en prisión, pagando el intento de escarmiento de la dictadura por mi oposición a su permanencia en el poder. Este es el precio que encontraron para hacérmelo pagar, y esta es la respuesta que, sacando un arqueo general, les brindo.

A partir de mi encarcelamiento el pasado 28 de febrero del actual año, terminé las novelas “El verano en que Dios dormía”* y “Dios juega a los dados”, revisé la novela “Johnny Millón”, y escribí una segunda parte, todo a lápiz, además escribí un libro de cuentos que acabo de terminar, “Zona de silencio”, con dieciocho narraciones. Comencé una novela de época, situada a finales de 1807, antes que Napoleón invadiera a España, que al mismo tiempo estoy llevando a guión para la televisión, todo sin abandonar los posts para mi blog “Los hijos que nadie quiso”, y a eso hay que sumarle otros dos proyectos de novela que aguardan por su espacio para nacer.

Analizándolo fríamente, tendré que agradecer a mis cancerberos su injusticia y el haberme enclaustrado con el propósito de doblegarme. Reconocerles que, gracias a ellos, pude ver con mis ojos el terrible padecimiento por el trato inhumano que sufre la población carcelaria en Cuba. Saber que cuando parece que las esperanzas se extinguen, se acerca un ser humano, sufrido como tú, y te brinda su mano.

Hace unos días, después de ofrecerles a los reclusos el acostumbrado huevo o picadillo, les dieron pollo -una ínfima cantidad si se compara con la que reciben los espías presos en Estados Unidos, y que se dan el lujo de criticar si ya lo han comido en la semana, lo que causa gracia a los presos cubanos- y antes de que los internos fueran a buscar su respectivo pedacito de pollo, una pulgada y media cuadrada, incluyendo el hueso, un señor que algún día revelaré su nombre, al saber que en mis seis meses, jamás he aceptado alimento procesado por el penal, se me ofreció para probar mi ración antes que yo, imaginando que la rechazaba por temor a que pudieran agregarle algo que con el tiempo me desarrollara un cáncer o cualquier otra enfermedad, como acostumbraban hacer sus maestro de la KGB soviética. Por supuesto, le dije que no, pero no pude evitar conmoverme. –Ya estoy viejo –insistió–, puedo morirme y no pasa nada; pero tú sí le ofreces ayuda a mis nietos, con tu lucha, persigues su bienestar, y quizá haya tiempo para evitar que uno de ellos arriesgue su vida lanzándose al mar para llegar a Miami. Volví a agradecerle su gesto, le aseguré que nunca lo iba a olvidar. En sus ojos seguía esa terquedad por salvarme, desde su punto de vista, sabiendo de las muertes misteriosas e improbables de Laura Pollán, Oswaldo Payá y Harold Cepero, entre otros. –No dudo que puedan dañarme –le dije–; pero no consumo sus alimentos por integridad moral. Entonces, en contra de su voluntad, se dirigió al comedor.

Yo agregué a mi cosecha un amigo, un cubano que despertaba de la cabalgante enajenación en que fueron sumidos los habitantes de este archipiélago, cuando Fidel Castro les ofreció sueños a cambio de sus vidas, sin advertirles, la probable pesadilla en que convertiría sus existencias.

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Ángel Santiesteban-Prats

Prisión asentamiento de Lawton. Septiembre de 2013

Nota de La Editora: Este post me lo envió Ángel unos días antes de caer enfermo con dengue. Su compañero de prisión, evidentemente, ya albergaba temores  sobre su seguridad. Es esperanzador saber que en la prisión también hay alguien que está atento a su “suerte”.

* Ganadora del Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta 2013, convocado en la República Checa.

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