Diario en la cárcel LVI. Decencia y decoro según el dictador

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Discurso del dictador II

El “Presidente” Raúl Castro, cínicamente, se ocupó de poner el parche antes de la gotera, como se dice a lo cubano, cuando en su discurso dijo: “imagino las noticias en los próximos días de la gran prensa internacional, especializada en denigrar a Cuba y someterla a un frenético escrutinio”, es decir, que tener una opinión divergente, como ha sido en este más de medio siglo de dictadura, es un ataque, un plan subversivo.

Con total impudicia, afirmó: “ya nos hemos acostumbrado a vivir bajo el asedio y no debemos restringirnos a debatir con toda crudeza la realidad”, esto último podría parecer una broma sino costara tan caro al pueblo de Cuba.

Más adelante, se ocuparía de elevar, aunque pareciera imposible, la desfachatez gubernamental.

Habló del dolor de veinte años, del “acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás”, como si la gran escuela de esas pérdidas no fuera su desgobierno de más de cincuenta años, un país que se ha administrado como una finca, la Birania extendida de la propiedad de sus padres.

Un pueblo sometido, que se ha sido llevado a un elevado índice de pobreza, de miseria humana, donde delinquir comenzó siendo el método de supervivencia, y hurtar alimentos de los centros de trabajo, con el fin de sobrevivir, comenzó a verse por la sociedad como aceptable, permitido, y con las años, al acto de robar se le llamó lucha  y a quienes lo hacen, luchadores, como lo reconoce en su discurso: “así, una parte de la sociedad ha pasado a ver normal el robo al Estado” como si no fuera lícito y ellos no le hubieran robado las vidas a varias generaciones.

Ese fue el principio de la amoralidad, en eso convirtieron al país, en un pueblo buscador de oro, que se iba al oeste, en pleno albur a probar suerte, solo que para el cubano cualquier latitud se ofrecía esperanzadora, un canto mejor que la realidad, como promesa inalcanzable que ofrecía su líder Fidel Castro.

De esa manera, Raúl Castro hizo un resumen de lo negativo, de lo que saben hace años, es una epidemia imposible de frenar. Por eso la masividad en las cárceles cubanas, superpobladas de jóvenes que esperan la oportunidad de volver a salir y delinquir, porque no conocen otra forma de vida, ante ellos no se abre una  esperanza o un modo de sobrevivir decente que no sea emigrar.

Al final de su discurso detalló, fotografió, la sociedad cubana en lo que ellos la convirtieron, los “pinos nuevos que soñaron”; pero jamás reconoció sus culpas, jamás admitió que necesitamos otro modelo, que cincuenta y cuatro años son más que suficientes para comprender que no ofrecieron ningún camino digno, y que es hora de permitir que Cuba empiece su ascenso pleno al desarrollo económico y al mejoramiento humano.

Raúl Castro aseguraba en su comparecencia que gritar a viva voz en plena calle es marginal, olvidándose que antes, a los que gritaban, se les llamaba “revolucionarios que defendían la revolución”. Cuando gritaban “gusanos, que se vayan”, y daban golpes y humillaban, entonces su conducta no era impropia. Desde niños nos enseñaron a gritar en las calles consignas que apoyaran cualquier acontecimiento nacional, o a repudiar, en el mundo que ellos programaron, a quienes clasificaron como indeseables.

Las construcciones ilegales, como la bolsa negra, han sido el alivio de la familia cubana, porque su gobierno inoperante no le ha dado solución a sus necesidades.

¿Cómo puede exigir cumplimientos de horarios laborales cuando no se les paga lo que realmente trabajan? Sus sacrificios, como en la colonización, son a cambio de cristalitos.

Uno de los grandes embustes de Raúl Castro en su alegato, fue asegurar que si la sociedad se ha torcido y pululan el desorden y la marginalidad, ha sido “abusando de la nobleza de la Revolución, de no acudir al uso de la fuerza, privilegiando el convencimiento y el trabajo político”.

No se asusten estimados lectores, no es un chiste, aunque pudiera ser del género negro. Luego exhortó a los organismos estatales, “la Policía, la Contraloría General de la República, la Fiscalía, y los Tribunales”, a presionar aún más. Es decir, que debemos esperar que la población penal crezca aún más con lo desmedida que ya está, las cárceles se triplicarán. Será como una gran cárcel, dentro de otra cárcel flotante.

Entonces, el gobernante “meditó” sobre las manifestaciones negativas, pensó en todo lo que han engañado al mundo, a los organismos especializados, como las Naciones Unidas, y tuvo “la amarga sensación de que somos una sociedad cada vez más instruida, pero no necesariamente más culta”.

Por desgracia esta es la realidad de los cubanos, pero peor aún es que en su discurso no aprovechó para reconocer su incapacidad para gobernar, ni siquiera rozó la posibilidad de aceptar alguna culpa.

Llegar a la conclusión de que preside una sociedad pútrida, debería obligarlo a renunciar, dar paso a una nueva fórmula que reavive y encause el torcido camino que se ha avanzado en este más de medio siglo.

Regresar todo lo andado costará tanto como lo que nos hemos alejado del bien, la dignidad y honestidad martiana que se ha perdido.

Pero hay que llegar a la conclusión que nuestro país se corrompió, se generalizó la delincuencia y la marginalidad, por obra y gracia de los vientos del Caribe.

Los Castros, jamás tuvieron que ver con esta realidad.

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Ángel Santiesteban-Prats

Prisión 1580.

Nota de La Editora: este post es la segunda parte del que Ángel me ha enviado cuando aun estaba en la Prisión 1580, en San Miguel del Padrón. Se refiere al Discurso de Raúl Castro en la Primera Sesión Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el Palacio de Convenciones, el 7 de julio de 2013. La primera parte, Diario en la cárcel XLIII (de un preso desaparecido). La “dignidad” según el dictador, fue publicada el 5 de agosto.

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