Diario en la cárcel LXII. Libros premiados y censurados

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Con la reciente presentación en Europa de mi novela “El verano en que Dios dormía”, que fuera ganadora del Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta, convocado en la República Checa, y por el currículum de premios que me acompaña, podría creerse que soy un escritor con suerte para los galardones, algo muy lejos de la realidad.

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Quiero compartir, y seguro que alguna vez lo escribí en otro post, que si alguna vez pude publicar en Cuba, fue gracias a los concursos, que funcionaron como un chantaje, una vez ganados, ponía en evidencia su responsabilidad moral y ética, que aseguro que no poseen, pero les gusta fingir ante la opinión pública, sobre todo la internacional, que sí la tienen, porque mis libros eran y son rechazados de plano apenas los presento en las editoriales.

A mí se me hacía más difícil que a nadie publicar. Los editores y jefes de redacción de esas editoriales, con los cuales mantenía diálogos en las ferias de los libros a nivel de amigos, me confesaban la imposibilidad de publicarlos, precisamente por la temática que abordaba, pues de hacerlo, quedarían cesantes de sus puestos de trabajo. Por ello, en diferentes ocasiones, fui rechazado de varios dossiers, en los que se intentaba exponer las distintas maneras de abordar la narrativa por los escritores de mi generación.

Siempre mi arte estuvo acompañado por las temáticas de carencias sociales y falta de libertades políticas, por lo que constantemente fui un escritor impublicable. Aprendí que ganarles los premios, era la única posibilidad para abandonar mi “inedités”. Por ello, en 1992, luego de que se me diera a conocer el premio Casa de las Américas, se me fue retirado, gracias a la gestión mediadora de la Seguridad del Estado ante el jurado que se retractó de su votación, convenciéndolos de que mi visión humana y poco épica de la guerra de los cubanos en África, haría un gran daño político, y no les parecía elocuente ni producente dar la imagen de esos sufridos soldados que yo exponía en mis cuentos.

Luego de cambiarle el título al libro, en un intento de despistar a los agentes de la Seguridad del Estado, que como perros husmeaban el rastro de mis creaciones, y lo enviara al concurso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), fue galardonado en 1995; pero no fue suficiente para verlo publicado, pues se mantendría por tres años sobre el buró del entonces Presidente de la UNEAC, Abel Prieto. Luego de una oscura negociación, se publicó en 1998, después de aceptar extraer cinco cuentos. Lo expusieron una edición pobre y fea, ex profeso, que se asemejaba más a una caja de detergente que a un libro, lo hicieron con el propósito de debilitar la difusión del libro.

En el 2001, luego de presiones internas de los organizadores del Instituto Cubano del Libro, en ese entonces su Presidente era el talibán Iroel Sánchez, en una votación de 2 a 1, que se decidiera en la propia oficina de Iroel Sánchez, vía telefónica por el escritor Jorge Luis Arzola, ganador de la edición anterior, y diera su voto a mi compendio de cuentos, vio la luz mi libro “Los hijos que nadie quiso”. Inmediatamente, la Asociación de Combatientes de guerra de Cuba (veteranos), envió una carta al Ministerio de Cultura y al propio Instituto del Libro, por la visión crítica de mi literatura, catalogó de pésima su gestión ante la revolución y condenó el accionar de esos dirigentes de la cultura que lo permitieron. El propio talibán Iroel Sánchez, que se mofaba de haber participado en la guerra angolana, me confesó que sus compañeros de conflagración, le criticaron que hubiera permitido, a pesar de ser contra su voluntad, la publicación del libro.

Más tarde, en el 2006, también bajo presión, donde estuviera como parte del jurado la médica Laidi Fernández, y que diera su voto al final, cuando comprendiera que de nada valía votar en contra, pues sería 3 a 2, y que su padre, el poeta Roberto Fernández Retamar, Presidente de Casa de las Américas, hiciera el comentario a Roberto Zurbano, en ese entonces Director de la Editorial, que “mi libro removería los cimientos de la institución”, el jurado me otorgó el premio, y el libro, a pesar de estar publicado y haberse presentado un pequeño porciento de los ejemplares, lo retardaron por dos años, en otro intento por aplazar la promoción del libro. Vale agregar que jamás fui invitado a formar parte de los concursos subsiguientes.

De todas formas, de nada me arrepiento, algo me hacia intuir que hacía lo correcto, tanta censura en mi contra era el aviso de una literatura para nada conformista ni acogedora de la visión de los funcionarios. Esos son los avatares de mis libros “premiados”, y que tanta angustia les han acompañado, en la misma medida que les causó desasosiego a los dirigentes políticos y culturales.

Desde hace muchos años, en mi gaveta duermen algo más de diez libros. A veces miran por la hendija y suspiran, esperan tiempos mejores, que la oscuridad se disipe y la luz y el viento entren y revuelvan la caja como síntomas de progreso, como lo hizo recientemente un rayo de luz con el premio Fran Kafka. Ya escapó uno, se dicen los que aún permanecen en la gaveta, y esperan la balsa literaria que les cruzará el mar embravecido de la censura impuesta por la dictadura, hasta llegar a tierra de lectura y sean publicados por derecho propio, y no por callar, mover banderitas, sonreír a los dirigentes y autocensurarse. A ese precio prefiero la “inedités”.

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Ángel Santiesteban-Prats

Prisión asentamiento de Lawton. Octubre de 2013

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