Diario en la cárcel LXIV. El dictador no aprende que la infamia multiplica la fuerza

El error del dictador

El gran desliz de los dictadores es que llegan a creerse que el dolor por los abusos que causan, es suficiente para doblegar a sus opositores. Para ello preparan turbas de delincuentes, gente sin principios ni sentimientos, mercenarios que obedecen al que le pague, aunque sea un salario paupérrimo, y como el perro que se somete al que le echa el hueso, cumplen con sadismo sus órdenes.

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Cuba está cundida de esos perros que lanzan mordidas a diestra y siniestra para proteger su comida. Merodean sus platos temiendo que alguien se los arrebate. Luego, están tan comprometidos, que se saben sin regreso. Sus pesadillas recurrentes son aquellas en que se ven sometidos ante la justicia y pasarán muchos años presos. Por eso están decididos a ahuyentar a los que persiguen el cambio político, es su manera de evitar ser castigados por sus desmanes.

En lo que llega la justicia, los opositores vamos sufriendo sus golpizas, cárceles, exilio. Morder el precio de esas experiencias, solo fortalece los ideales, se profundiza en el convencimiento de que es necesario, cada vez más, luchar por una Cuba mejor, donde se garanticen las libertades individuales, como lo explica la Carta Magna de las Naciones Unidas, en su Declaración Universal Universal de Derechos Humanos, y la que Cuba ha dado evasivas por más de cinco años, para no firmar los Pactos de la ONU, para continuar con sus flagrantes violaciones de los más elementales derechos a los cubanos.

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Varios países, ocultándose tras “el respeto al derecho de los pueblos a elegir su política y régimen”, se convierten en cómplices del totalitarismo, como si los ciudadanos cubanos hubieran elegido la hambruna, la división familiar, la desidia, el miedo, delaciones y el terror de Estado a todo aquel que sea opositor al sistema.

Desgraciadamente, existe un embargo a Cuba. Estoy seguro de que si la dictadura, como lo ha demostrado, tuviera poder económico –que gracias a Dios no alcanza por su propia ineptitud– hoy estuviéramos más alejados de la posibilidad de alcanzar la democracia y esas libertades que cada día anhelamos más, y que nos resulta la única forma posible para el desarrollo social de la nación.

El embargo, aunque nos duela, debe continuar. Los países “amigos” de la dictadura, y hasta los que no lo son, se dan el lujo de jugar al “respeto del derecho ajeno”, cuando la propia dictadura no respeta ni la opinión individual. Mientras juguetean, el cubano continúa mal sobreviviendo, aceptando como una cotidianidad que sus hijos se lancen al mar intentando alcanzar una vida mejor.

En ese mismo intervalo de tiempo y acciones, los opositores persisten en sus sueños y derechos, y arriesgan sus vidas, como Laura y Payá, entre otros valiosos luchadores, y resisten golpizas y humillaciones, porque lo que no aprenden los dictadores, es que solo la cobardía que los corroe es capaz de alimentar sus miedos, y que la infamia multiplica las fuerzas de los que se le oponen.

La imagen que me acompaña y alimenta, es imaginarlos pidiendo perdón, justificando lo injustificable, alegando que cumplían órdenes o que no sabían, y devolviendo a las arcas del Estado, el dinero robado disperso por el mundo. Porque será la única forma de que los siguientes mandatarios no repitan la parte oscura de la historia. Luego no quiero escuchar que no olvidar es sinónimo de rencor. Prefiero estar convencido de que justicia es el equivalente de vergüenza.

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Ángel Santiesteban-Prats

Prisión asentamiento de Lawton. Noviembre de 2013

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