La Feria del Libro que ya no es (IV)

Los escritores siempre hemos sido acosados por los regímenes totalitarios. Por lo general, quedamos entre dos fuegos porque, en el escenario de esos regímenes, políticos e intelectuales le temen por igual a las ideas.

Los políticos y los intelectuales pactan tregua, en el mejor de los casos; pero el temor jamás se extingue, y cada uno se mantiene al acecho del otro, como felinos que son. La experiencia de los escritores cubanos no ha sido distinta: sometidos a constante asedio, sus conversaciones al estilo de interrogatorio, sin dejar de aprovechar y marcar territorio, dejan constancias de advertencias, amenazas y chantajes.

Cuando detuvieron al escritor Daniel Morales, se lo llevaron de su propia casa, delante de su mujer y su hijo, con apenas veintitantos años. Un alarde operativo para asustarlos y que desistieran de las reuniones que ocurrían en su hogar entre los intelectuales de la ciudad. No puedo olvidar el grito que le hiciera la madre de su hijo mayor: “Pórtate como un hombre”, y tampoco olvido el rencor que se alojó en Daniel. Nunca más fue el mismo, y la idea de abandonar el país comenzó a germinar en él con más fuerza.

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La gran mayoría de los escritores hemos recibido, gracias al totalitarismo de los hermanos Castro, extorsión, golpizas, celdas, prisión, censura, dádivas, y a veces la expulsión del país, el destierro, y como prueba tengo sus nombres, para solo mencionar algunos de mi generación que además fueron como mis hermanos: Guillermo Vidal: expulsado del sistema universitario donde ejercía de profesor por su visión social critica a través de sus libros, censurado, perseguido; Jorge Luis Arzola: golpeado, llevado a celda, asediado, censurado; Amir Valle: asediado, interrogado, censurado, expulsado del país; Alberto Garrido: asediado, interrogado, censurado, se le cerró la iglesia; Antonio José Ponte: perseguido, censurado, expulsado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), vilipendiado públicamente por el Ministro de Cultura delante de sus colegas, todos ellos haciendo hoy sus obras y vidas fuera de Cuba, y más recientemente, Rafael Vilches, expulsado de dos centros de trabajo, censurado, asediado constantemente.

Son solo algunos nombres, pues otros pusieron su barba a buen resguardo antes de que ardiera como la barba de su vecino. Es triste nuestra realidad, pero más triste será un día para aquellos que colaboraron con la dictadura, que prefirieron esconder su criterio y pensamiento con tal de recibir las dádivas del poder, sobre todo aquellos que alguna vez fueron vilipendiados, castigados duramente por el régimen durante largos años y ahora se prestan para hacer lo mismo a las generaciones que les siguieron. Estos colegas actúan como si ese momento, el del tribunal de sus conciencias, nunca fuera a llegar; y al menos yo, a eso sí le temo, a que la historia me recoja como un pusilánime.

firma 3

Ángel Santiesteban-Prats

Prisión Unidad de Guardafronteras. La Habana. Febrero de 2015.

 

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