Nuevos tiempos que se avecinan

Habana década del 30

Habana, década del 30. Foto: Internet.

Antes de entrar a prisión en febrero de 2013, a la vieja Cuca se le caía la casa. Era un viejo caserón de la tercera década del siglo pasado que, con un poco de imaginación, podríamos rememorar sus fiestas de clase media y los autos lujosos con que aparecían los invitados. Ella miraba por la ventana como intentando recordar aquellas noches de lujos, su nana insistiendo en acostarla mientras corría a esconderse entre las piernas de su padre -siempre protector y receptivo en sus deseos- en aras de que le permitiera algunos minutos más y poder compartir el esplendor de esa maravillosa noche, porque -aunque hubieran pasado ochenta años y tuviera que agudizar su mente para atraer los recuerdos- más difícil le era asumir el presente y adivinar cuándo podría pintar la casa, detener los salideros de las cañerías, o tener luces en todas las habitaciones.

Allá por los años ochenta, la vieja Cuca no tuvo otra opción que cambiar las joyas de familia en aquellas casas de cambio que el gobierno abrió para estafarlos, por algunas prendas de vestir, comida y un arbolito de navidad que aún conserva como si fuera la última reliquia de su pasado, y que, con actitud ceremonial, lo despliega en cada triste fin de año de sus últimos cincuenta y cuatro. Sabe que como a los nativos a la llegada de los conquistadores, le cambiaron oro por espejos y baratijas.

Después de permanecer dos años y medio en prisión y regresar al barrio, la casa de la vieja Cuca hoy luce como la de antaño. Y siento que algo en mí no funciona, pienso que quizá he cruzado universos paralelos. La casa luce anacrónica en medio de tanta miseria.

Me cuentan que los nietos un día vinieron a buscarla y, sin consultarle, la llevaron a un cuarto alquilado con una sirvienta que le hace la comida, y -como la nana de su niñez- la obliga a dormir temprano para ella sentarse a fumar en el portal con sus amigas y enamorados.

Al frente y a lo alto del caserón hay un cartel con muchas luces que anuncian un restaurante. La prole de la vieja Cuca puso en Internet el anuncio de la casona y un francés realizó la inversión.

Otra vez, el sueño de aquella niña -hoy la vieja Cuca- ha regresado, solo que ahora observa desde otra ventana cercana la llegada de los autos lujosos y las parejas risueñas que se adentran en su casa sin pedirle permiso.

Mientras, añora las piernas de su padre.

firma 3

Ángel Santiesteban-Prats

Habana, septiembre de 2015

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