#Cuba Última arbitrariedad

Damas de Blanco y disidentes acompañan a Angel a la salida del Tribunal 6 de noviembre 2015

Cuando me detuvieron el pasado 4 de noviembre por supuestas nuevas acusaciones contra mi persona y que luego no fructificaron, me llevaron a los calabozos del sótano de la estación policial de Zapata y C, en el Vedado. Al principio, me encerraron en la celda que usan de depósito mientras tramitan los ingresos. En la pared había un grafiti de El Sexto que me provocó una sonrisa porque me hacía saber que allí también había estado mi hermano de vida, de arte y activismo político, recientemente liberado luego de hacer dos huelgas de hambre exigiendo que el gobierno reconociera su inocencia probada.

Allí me acompañaban tres detenidos: uno, por aceptar que un desconocido en el bulevar le transfiriera saldo a su celular cobrándole una menor cuantía; después, para su sorpresa, supo que había sido hecha desde un teléfono robado. Tenía los ojos enrojecidos y, quizá por vergüenza, intentaba ocultarlos. Los otros dos detenidos eran enfermos de sida que exigían constantemente que los liberaran porque tenían que ingerir alimentos y tomar la medicación. Los guardias les respondieron –mientras dejaban escapar sus risas burlescas– que se desmayaran y entonces los llevarían al hospital. En ocasiones, esos dos detenidos se quejaban de tener hambre y de ser inocentes, puesto que no habían cometido delito alguno: los habían apresado caminando por la calle 23 y tenían sus papeles en regla; si por antecedentes penales fuera, Fidel Castro estuvo preso por un delito mayor, y hasta pudo ser presidente del país. Los guardias los miraban de soslayo y luego me observaban, como si fuera yo un impedimento para ellos darle la respuesta que acostumbran.

Uno de los enfermos me dijo que había salido en libertad con el indulto que dieron por la visita del Papa Francisco. Allí supe, y me sorprendió bastante, que junto a los datos policiales de los ciudadanos, a los enfermos de sida les agregan su enfermedad como si fuera un dato criminal, igual que los nazis hacían con los judíos. Entonces se me ocurrió que a los enfermos del corazón, diabetes, entre tantos otros padecimientos, les deberían apuntar también su enfermedad, en aras de que en alguna crisis, y si se encontraran solos y en lugares públicos, pudieran ser asistidos con mayor efectividad; luego pensé que tal cosa sería una actitud demasiado noble para el régimen.

Una vez que me pasaron para la celda, detenido oficialmente, pude conversar con un joven que estaba en el calabozo contiguo y que llevaba varios días plantado porque era injusta su detención, según decía. Me sorprendió que con solo 23 años fuera el Delegado de la Circunscripción 41, de la Zona 8, en la barriada de Buena Vista, Municipio Playa. No le permitían llamar por teléfono para avisarle a la Presidenta de su Asamblea Municipal para que reclamara su liberación. Le sugerí que a través de su familia se lo hiciera saber a la funcionaria, porque alguna inmunidad debería tener, o al menos, un tratamiento más respetuoso, por ser un “elegido” del pueblo. Se mantuvo un rato en silencio, doliéndole cada detalle de su presente. Era como si algo se le estuviera deshaciendo en su interior. Dijo –con voz apagada– que nunca pensó que esas arbitrariedades se cometieran. Le conté el caso de la Delegada de Las Tunas quien, cuando descubrió la corrupción del régimen totalitario y la manipulación de los principios, ética y decoro, renunció al cargo y se pasó a las filas de la oposición política, y finalmente, tras un macabro plan de la policía política, fue brutalmente atacada a machetazos, perdió parte de un brazo y resultó con lesiones severas en su sistema motor; todo ello, con la intención de destruirle la vida a una ciudadana que sólo deseaba ser útil a su comunidad.

El joven me observaba en silencio y pude constatar su desconfianza, esa ingenuidad característica de aquellos que no imaginan que la dictadura cometa esos actos criminales. Me contó, en esas horas de inercia que provoca la soledad de los calabozos, que era enfermero del hospital pediátrico Marfán, y que antes de comprar su celular fue a la empresa ETECSA y preguntó si el teléfono estaba en alguna lista negra, a lo que le respondieron negativamente. Sin embargo, luego se supo que sí lo estaba, y lo tenían detenido por un supuesto delito que no había cometido, según aseguraba.

Así pasé mi noche de encierro, según me dijeron, “justificada” porque alguien me había acusado, otra vez, de “violación de domicilio”, el mismo guión que iniciaron una vez que abrí mi blog allá por el 2008, y con el que terminarían encarcelándome en febrero de 2013. Pero luego sucedió algo extraño: creo que la persona que en ocasiones usaron en mi contra, por esta vez no se prestó para el mismo juego sucio, y los policías tuvieron que cambiar el delito y adujeron “robo con fuerza”. Lo cierto es que desde que me apresaron, ya estaba revocada mi Condicional y desde el Tribunal, una vez que me presentaran ante él, me llevarían a prisión; pero algo les falló en su plan macabro. De pronto, no tuvieron con qué acusarme y desistieron.

Las Damas de Blanco se convocaron para acompañarme en el Tribunal, una manera de decirle a la dictadura que yo no me encontraba solo. Mi detención comenzó a levantar una ola mediática que el régimen no desea en estos tiempos, donde, más que nunca, intenta mostrar su disfraz de cordero y esconder sus colmillos de viejo zorro. Y decidieron renunciar a la maniobra, al menos por ahora.

Ese es el precio que hay que pagar por ser parte de la disidencia interna de una tiranía que, al menor movimiento, te amenaza y ejecuta un plan siniestro para encarcelarte. Máxime si somos parte del Foro por los Derechos y Libertades, que convoca a manifestarse con la etiqueta #todosmarchamos, y que se ha convertido en la espina más dolorosa y efectiva en la garganta del poder absoluto, cada domingo después de la misa en la iglesia Santa Rita y el encuentro en el parque Gandhi, y que se camina en silencio hacia la calle 3° y 26, en Miramar, enfrentándose cada domingo al operativo orquestado por el gobierno para arrestar a los participantes.

Y a pesar de toda la angustia que el régimen hace padecer a los activistas políticos junto a los familiares, por el simple hecho de pensar diferente, de exigirles nuestra necesidad de libertad y democracia, aunque cometan todas esas injusticias contra los opositores, nos sentimos bien pagados porque no existe razón más urgente, necesaria y noble que defender los derechos individuales que responden al clamor de un pueblo sacrificado y engañado por más de medio siglo.

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Ángel Santiesteban-Prats

Habana, 14 de noviembre, “libertad” condicional.

 

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