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Macondo, una prisión para mujeres en Cuba.

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Testimonios de corrupción y abusos en un centro de Trabajo Correccional con Internamiento.

LA HABANA, Cuba.- La realidad cubana está mucho más allá de esa propaganda comunista que exhibe el régimen totalitario del clan Castro, esa que constantemente muestra en sus medios de comunicación, que son todos, suponiendo que podrá manipular la verdad toda la vida; solo que a veces resultan demasiado brutos, y esas torpezas descubren sus verdaderas intenciones.

“Macondo” es una muestra de esas torpezas, de esas desfachateces que comete a diario este gobierno. Y que nadie supongo que voy a escribir sobre aquel sitio en el que se desenvuelve la historia del colombiano, y amigo de los Castro, Gabriel García Márquez. Escribiré, describiré, denunciaré, una realidad de apariencias macondianas que sucede en el occidente de esta isla, y que nada tiene que ver con el realismo mágico, y que más bien se trata de un “realismo diabólico”.

Bastaría con manejar, e incluso recorrer a pie, un tramo de la carretera de Borgita en el municipio de Alquízar, provincia de Artemisa, para mirar un lugar de apariencias normales, que a primera vista parece una de esas posadas que existieron alguna vez en Cuba; pintadas de verde y rosa y protegidas por un enrejado de cabillas, que, y también en apariencias, solo pretender delimitar el espacio de esa propiedad del gobierno.

Solo que el viajero descubrirá que no se trata de un hotel si no de una prisión para mujeres.

Eso dice aquel cuadro de cemento en el que se lee de arriba a abajo: “Centro mixto, para mujeres, Macondo”. Yo puse las comas, pero no sé quién le puso el nombre.

En Cuba se hacen esas cosas para congraciarse con los jefes, y es posible que a algún sesudo que conocía de la amistad de Fidel Castro con el Gabo, le pareciera justo usar el nombre de aquel sitio donde transcurre la novela Cien años de soledad para definir a un reclusorio para mujeres, donde lo que sucede da para mucho más que una novela.

En Macondo no se respetan los derechos humanos, y prueba que la sociedad cubana es una de las más corruptas sobre la faz de la tierra, comenzando el inventario desde arriba, desde los más altos funcionarios del Gobierno, esos que hasta tienen, para ellos solos, una prisión en el Cotorro, con esmeradas atenciones, si es que se compara con las comunes.

En “Macondo” guardan prisión mujeres sancionadas por delitos de malversación, cohecho, falsificaciones, prostitución, o aquellas que representan un peligro para la sociedad. Estas reclusas, según el régimen penal cubano, son categoría TCI: Trabajo Correccional con Internamiento. En este “Macondo”, suceden hechos increíbles, con la diferencia de que ese espacio es real y no salió de la invención.

Las más corruptas en esa prisión no son las presas, sino las de más alta jerarquía: la directora, María Elena Riveri Moya, y Kenia Castañeda López, jefa de Tratamiento Educativo, y quien antes de comenzar en la prisión vivía en una casa de madera y con piso de tierra, y ahora en una de mampostería y de dos plantas, gracias a las ventas de pases de 24 y 48 horas, por las que cobran 25 y 50 CUC, respectivamente. Se dice que esta mujer ha podido prestar a otra oficial la cantidad de cinco mil pesos, cuando su salario mensual no llega a los mil pesos.

Kenia y la directora deciden ayudar a las mejores postoras, aquellas de familias con buena solvencia económica que pueden pagar la suma que se les exige para que se atienda a los “ruegos de madres”, o a las libertades por rebajas de condenas.

Tengo conmigo los nombres de las reclusas que han sido beneficiadas, pero por una cuestión de ética no los daré a conocer. Prefiero exponer las evidencias de aquellas que no tienen con qué pagar, que necesitan de verdad esos privilegios y no se les conceden porque nada ofrecen.

En Macondo, las reclusas que tienen familias de “buena economía” son ubicadas en el pantry de la directora, a quien proporcionan los alimentos que apetezca, los obsequios que no puede comprar con su salario, y todo a cambio de menos años entre rejas. El pasado 6 de abril entró una reclusa con una sanción de dos años, y de inmediato se le colocó en el pantry, y luego de regalar teléfonos celulares, planchas para alisar el pelo, cortinas para la oficina de la directora, salió en libertad el 31 de agosto, sin que cumpliera al menos cinco meses de privación de libertad.

Todas las violaciones ocurren con la anuencia de la Directora, María Elena, y también de Kenia, que amenazan a las internas. Cometen las mayores injusticias para satisfacer sus antojos. Ellas lo disponen todo para que sus bolsillos se llenen. La amenaza ha sido su mejor arma, y quien intente quejarse ante las instancias superiores, sabe muy bien que recibirá los peores castigos, decididos lo mismo por ellas que por las jefas que las sustituyan.

Hace poco algunas presas fueron testigos “mudos” de que las jefas consideraran cuidar particularmente a una reclusa por una falsa enfermedad. La cuidaron tanto porque esa mujer reunió pruebas que comprometían a esas militares. La mujer se las mostró, y advirtió a las jefas que las tenía “cogidas por el cuello”, que eran tan contundentes que podían quedar “guardadas”, como el resto de las presidiarias. Eso bastó para que la “chantajista” saliera en libertad casi de inmediato.

Silvia María López Céspedes presentó en dos ocasiones la “súplica de madre”: su hermana, mayor de la Unidad de Policía de Acosta, se reunió en varias ocasiones con la Directora, que se sintió presionada por su compañera militar, y ayudada por su esposo, juez lego de la provincia de Artemisa, se ocupó de negar la petición de libertad anticipada. Es decir, que los regalos valen más que el uniforme de una compañera.

Estas dos mujeres infames logran sus marañas jugando con los horarios. Dejan salir de pase a quien pagó, antes de las siete de la mañana, y regresar pasadas las seis de la tarde. Atienden muy bien a los horarios para que el resto de las reclusas no descubran las negociaciones, por eso las beneficiadas salen y entrar cuando todas están en los albergues, y así no pueden ver los bolsos llenos de regalos que reciben las dos jefas.

Dos internas que llegaron, pasado el tiempo que les otorgaron de pase, no fueron consideradas de indisciplinadas, y todo porque una de las beneficiadas ofreció a la directora, a quien le gusta mucho “presumir”, teñir su pelo y laceárselo después. En el penal también existen sanciones para el que decida poner un negocito de venta de ropas, lo que ocurre con muchísima frecuencia, pero las militares viran la cara para no enterarse, a cambió de que a ellas les toque algo gratis.

Yaquelín Villavicencio no corrió con la misma suerte. Ella tiene también el derecho a su pase mensual, pero lo perdió después de que la descubrieran introduciendo mercancías que, suponían las militares, eran para la venta, pero no ofreció “salvar” a las jefas.

La reclusa Yaneisi Morato Gómez pidió permiso para llevar a su madre a un turno médico, y se lo negaron porque el Jefe del Órgano así lo decidió, y lo peor es que comprobó con sus ojos cómo otras salieron custodiadas por la oficial de guardia Elianne, alias “La Toty”, y también unos días después, durante la guardia de Aliuska, y todo coordinado por la Directora; y para que no “salten” en el sistema esas salidas, tan cercanas una de la otra y de la misma presa, se le cambia el nombre por el de otra reclusa. También están las que pasean el día de su cumpleaños o en su aniversario de bodas.

En Macondo hay una presa que recibe la visita de su marido en la oficina de la Directora. El hombre entra en su moderno auto, particular, hasta el interior del Campamento. Cuando otras reclusas le preguntan a la compañera como es que consigue su marido entrar así, ella responde que está autorizado por la directora, y según el resto de las mujeres, él hombre tiene esa prebenda porque regaló a la directora un “televisor plasma”.

Son comunes los regalos, aunque se dice que por estos días cesarán, porque se espera una visita del ministro de Justicia. Así son las cosas en este Macondo, tan propio de un “diabólico realismo cubano”, donde solo describí una parte, esa que ofrece ventajas a quien tiene algo que dar; para las otras la historia es bien diferente y llena de abusos, para ellas no hay condescendencia. Por ellas, las más desprotegidas, hago esta denuncia.

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ACERCA DEL AUTOR

11535810_945307318858821_2270570753317567061_nÁngel Santiesteban

(La Habana, 1966). Graduado de Dirección de Cine, reside en La Habana, Cuba. Mención en el concurso Juan Rulfo (1989), Premio nacional del gremio de escritores UNEAC (1995). El libro: Sueño de un día de verano, fue publicado en 1998. En 1999 ganó el premio César Galeano. Y en el 2001, el Premio Alejo Carpentier que organiza el Instituto Cubano del Libro con el conjunto de relatos: Los hijos que nadie quiso. En el 2006, gana el premio Casa de las Américas en el género de cuento con el libro: Dichosos los que lloran. En 2013 ganó el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta, convocado en la República Checa con la novela El verano en que Dios dormía. Ha publicado en México, España, Puerto Rico, Suiza, China, Inglaterra, República Dominicana, Francia, EE UU, Colombia, Portugal, Martinica, Italia, Canadá, entre otros países.

 

El cálido amparo de las botas de la dictadura .

A esos escritores que prefieren las “garantías” del régimen cubano

https://www.cubanet.org/opiniones/el-calido-amparo-de-las-botas-de-la-dictadura/

LA HABANA, Cuba.- Se cuenta que Stalin, para probar la fidelidad que cada miembro de las repúblicas soviéticas le dedicaba, desplumó alguna vez a un ave a la que lanzó al aire nevado; la pobrecita no tuvo como mantenerse en el helado vacío y cayó al suelo, justo a los pies del dictador, quien no dudo en usar la vuelta de la desplumada y friolenta criatura a su favor. Si aquel animal alado volvía con él, buscando el calor que precisaba, entonces él no era tan malo. Y eso es lo que debían hacer todos, volver a los pies de Stalin.

En Cuba las cosas no fueron diferentes. Cada gesto de miedo fue entendido como “fidelidad”. Eso pasa en Cuba y en su mundo de letras, y quien no lo crea que piense en el escritor Rogelio Riverón, quien por cierto se educó en Rusia en la era comunista. Allí leyó muy bien a los rusos, y volvió. Volvió, y consiguió un puesto de director en la editorial Letras Cubanas, la más importante de la isla comunista. Y debe ser por agradecimiento a sus empleadores que ahora se atreve a decir en la televisión nacional que el realismo socialista, tan dañino al arte en Cuba, no fue impuesto por el Ministerio de Cultura. Me encantaría que Riverón explicara de qué lugar salió entonces ese engendro.

Él intenta salvar al Ministerio de Cultura diciendo que la decisión sale de otro lugar, de uno que ni menciona ni sugiere. Y está claro que el Ministerio de Cultura no existía en esos “años duros”, y también que cada detalle de la política cultural salía desde arriba, que las decisiones eran todas del “jefe”; pero eso no lo dice Riverón, como tampoco dice que la creación de ese Ministerio de Cultura vino después que el mal estaba hecho, y esa fue su función: hacer creer que el Gobierno, en la figura de su Ministerio, limpiaría las manchas del propio Gobierno culpando a otros, a figurillas que ellos mismos habían creado. Así fue zanjado el asunto.

Hay que tener poca vergüenza para, a esta altura del campeonato, decir públicamente tales sandeces, cuando ya es más que conocida la verdad de esos años, incluso cuando son tantos los dañados escritores y artistas que dieron sus testimonios. Y es que esto es lo que hacen esos “artistas revolucionarios”, que se prostituyen con tal de mantener un cargo oficial, queriendo que sus viajes continúen, que sus autos se muevan por la ciudad, por el país. Este escritor, Rogelio Riverón, sin dudas talentoso, sabe que aquí no se puede vivir amparado solo en su obra, y por eso calla, por eso finge ser un crédulo estúpido, porque la indisciplina no le traerá prebendas.

De ahí sale el silencio ante tanta mediocridad, el mismo silencio que se le otorgó a los mediocres que vivieron del realismo socialista. Todo era entonces muy fácil, no hacía falta calidad ni vocación, con solo ensalzar a la dictadura y a sus “logros” se conseguía un título de escritor, una nota de contracubierta llena de elogios que también ensalzaba la fidelidad a la revolución y al jefe. Fueron esos días en los que muchos ideólogos del Partido Comunista, terminaron siendo “escritores” y publicaron sus bodrios, mientras los escritores de verdad eran perseguidos, castigados, llevados incluso a los muy famosos campos de concentración, esos que se crearon al mejor estilo estalinista, aquellas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP). Y a quienes allí estuvieron presos nos les quedó otra opción que no fuera el exilio.

Riverón mentía en la televisión y yo miraba sus ojos, intentaba encontrar algún resquicio por donde apareciera un poco de honestidad, pero no la encontré. Bien sabemos que este hombre se ha prestado, desde su cargo, a censurar. Eso son ellos, escritores, pero son también funcionarios que apuestan por el día a día sin interesarle cómo los recogerá la historia cuando toda esta angustia haya pasado.

Otro escritor actúa de manera idéntica y se llama Víctor Fowler, el mismo que provocó con algún comentario la ira del hoy ministro de Cultura y entonces presidente de la UNEAC. “¿Y qué le pasa a Víctor Fowler? ¿Ya se le olvidó que le dimos una casa?”, así preguntó Abel Prieto después que Víctor dijera algo sin mucha trascendencia, una tonta crítica que provocó la ira del ministro. Y Victor respondió disciplinado, tanto que le dieron otra casa mejor y nueva de paquete, en Cojímar, cerquita de Sigfredo Ariel, otro privilegiado y silenciado, escritor.

Así son las cosas. Víctor se molestó alguna vez porque supuso que era un racista quien no lo dejaba acceder tranquilamente a lo más alto de la “Lonja del comercio” en el elevador, pero luego se molesta cuando sus colegas escritores de piel negra denuncian el verdadero racismo cubano. Él sabe ahora lo que el ministro dirá si es que deja de acatar las reglas que le impusieron. “¿Y qué le pasa a Víctor Fowler, si le acabamos de dar otra casa?” Así responden muchos al chantaje, así responde Víctor, a quien le dieron casa pero también un puesto como director del Centro Dulce María Loynaz, con oficina climatizada, un auto y un chofer. Debe ser por eso que ya se sale, incluso, de la política cultural y hasta elogia las buenas maneras del secretario del Partido en Santiago de Cuba, quien lo recibió en una visita a la ciudad… y así gana Víctor un punto más.

También he visto, recientemente, una entrevista a Eduardo del Llano, el mismo que hace un par de meses hizo pública una carta en la que denunciaba la censura de algunos de sus guiones para un programa humorístico de la televisión. En ese programa le preguntaron a del Llano por su último libro publicado en Cuba, y él se explicó. Ahí está la verdad. Son muchos los que reciben patadas en el trasero pero luego aceptan alguna prebenda que los vuelve a situar bien, y así esperan la próxima patada.

Todo tiene que ver con el temor a vivir sin los “favores” del régimen, un temor que los paraliza. El miedo a la roña de la dictadura los amilana. Pensar que sin las dádivas de los sicarios no podrán subsistir, les enferma. Prefieren esa vida cínica de recibir los agasajos de cualquier lugar que vengan. Ya no les interesa que la vida sea sin vergüenzas. Estos, cada día están dispuestos a ser el “pajarraco” que Stalin desplumó y lanzó al aire helado, sobre todo si en la caída caen junto a la bota del dictador que los “calienta”. Así son de helados, de fríos, estos “artistas”. Así sobreviven hasta hoy, “¡congelados!”

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ACERCA DEL AUTOR

Ángel SantiestebanÁngel Santiesteban

(La Habana, 1966). Graduado de Dirección de Cine, reside en La Habana, Cuba. Mención en el concurso Juan Rulfo (1989), Premio nacional del gremio de escritores UNEAC (1995). El libro: Sueño de un día de verano, fue publicado en 1998. En 1999 ganó el premio César Galeano. Y en el 2001, el Premio Alejo Carpentier que organiza el Instituto Cubano del Libro con el conjunto de relatos: Los hijos que nadie quiso. En el 2006, gana el premio Casa de las Américas en el género de cuento con el libro: Dichosos los que lloran. En 2013 ganó el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta, convocado en la República Checa con la novela El verano en que Dios dormía. Ha publicado en México, España, Puerto Rico, Suiza, China, Inglaterra, República Dominicana, Francia, EE UU, Colombia, Portugal, Martinica, Italia, Canadá, entre otros países.