Sueños

sueños 2

Deseo visitar el Museo del Prado: sentarme un día completo a ver Las meninas desde distintos ángulos, El jardín de las delicias, vestir en mi mente a la Maja desnuda; la ciudad de Toledo, su iglesia centenaria, El entierro del Conde de Orgaz; la casa del Greco, su San Pedro llorando; esperar la caída del sol en Playitas, evocar aquella noche, el sonido de los remos avisando la llegada, imaginar sus rostros tensos, cansados y con frío; luego ir hasta el monumento en Dos Ríos, que no será más bello que el túmulo de piedra que le hiciera Máximo Gómez en el primer aniversario de su muerte; ver las líneas gigantes de Nazca y las piedras del Cuzco; las pirámides, leer Carta de amor al rey Tut Ank Amen, de la Loynaz, sentado delante de su sarcófago: Ahora tus ojos están cerrados y tienen polvo gris sobre los párpados; más nada tienen que ese polvo gris, ceniza de los sueños consumidos…; subir a la Iglesia del Cobre, y entre tantos ofrecimientos de respeto, encontrar la medalla que le dieran a Hemingway por el Nobel; suspirar desde una góndola debajo del Puente de los Suspiros e imaginar a los reos cuando eran trasladados hacia el cadalso y desde allí se robaban la última imagen de la ciudad; entrar a la Plaza del Vaticano y mirar la Basílica de San Pedro, las columnatas, ver El juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, ir hasta la fuente de Trevi, tirar una moneda mientras pido el deseo de todo cubano: unificar las familias; ir a la finca La Demajagua, cerrar los ojos y escuchar los campanazos que avisan que ha llegado la anhelada libertad; sentarme en un café en la Riviera Francesa, imaginar al todavía desconocido Hemingway saludando a Joyce y gritarle Maestro; el Museo de Orsay; sentir cómo las aguas de las Cataratas del Niágara me salpican el rostro mientras recito el poema de Heredia: Yo digno soy de contemplarte: siempre / Lo común y mezquino desdeñando…; quiero ir a varias tumbas: a la de Washington; permanecer varios minutos en silencio junto a los restos del padre Félix Varela en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, y tratar de buscar una respuesta sabia a esta identidad insular tan arraigada; visitar la de John Lennon, convencerlo de que no está muerto; a la de Chaplin, saber cómo se puede hacer reír sobre una balsa; agacharme frente a la lápida de Isadora Duncan, decirle que la soñé bailándome desnuda y sus pies eran tibios; buscar en el cementerio Santa Efigenia el mausoleo de Martí, y preguntarle por qué los cubanos no saben claudicar aunque sepan que están equivocados; al general De Gaulle, preguntarle cómo en los momentos más adversos pudo mantener su perseverancia; poner un pincel elaborado con mi cabello sobre la tarja de Toulouse Lautrec, y pedirle perdón por reírme imaginando su entrada al sanatorio donde visitaba a un amigo internado y los enfermos mentales lo confundieron con un nuevo ingreso; ir a las minas donde Van Gogh casi muere de hambre y su fiel hermano Teo lo asistiera como tantas veces; a las fosas colectivas del campo de concentración en Auschwitz; conocer la nieve; festejar una verdadera Navidad y ver el júbilo en los rostros de las personas sin la preocupación de qué van a cocinar y de dónde lo sacarán; presenciar un espectáculo de patinaje sobre hielo; una corrida de toros; mirar cómo las personas compran sus cartuchos de manzanas sin que me apetezcan; tener un perro sin pulgas y sobrinos sin piojos ni sarna; entrar a una tienda desbordada de los juguetes más increíbles y de alguna manera resarcir esa frustración de todo niño cubano; participar en las ferias del libro de Frankfurt y de Guadalajara; entrar en una florería donde cada mañana se reciben las flores más exóticas de todos los rincones del mundo, aunque ninguna me guste porque su olor me recuerda a los muertos, y evocar a una mujer que me describía los tulipanes de Holanda; comprar todas las variantes de turrones que son la locura de mi madre y recordar las pocas veces que pude complacerla; visitar un zoológico sin que la cara de los animales famélicos te amenacen con comerte; adquirir entre tantos, los periódicos que más me interesen de todas las latitudes del universo, tener el canal de la CNN; pararme en una esquina cualquiera y comentar que el presidente actúa mal, sin temor a que me apresen o me reprendan.

Ángel Santiesteban-Prats

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